“El que gana conduce y el que pierde acompaña”: El peronismo santafesino necesita volver a las fuentes si quiere recuperar el poder

El escenario político de la bota santafesina, que hace apenas un par de años parecía blindado bajo el signo de la imbatibilidad de Maximiliano Pullaro, hoy empieza a mostrar claras fisuras. El desgaste prematuro de la gestión provincial evaporó de un plumazo nada menos que 38 puntos de apoyo en las urnas en poco tiempo, de acuerdo a los guarismos de la última elección de octubre pasado en la provincia. Hay alarmas que empezaron a sonar fuerte en Unidos y algunos dirigentes ya ensayan algunas piruetas de supervivencia: como sumar a La Libertad Avanza a la coalición oficialista, desatando voces en contra y un tajante rechazo de parte del Socialismo.
En este nuevo tablero electoral, la provincia vuelve a configurarse en un escenario de tercios y es precisamente ahí donde las posibilidades de éxito del Partido Justicialista (PJ) aumentan de manera exponencial. El peronismo vuelve a ser competitivo, sin embargo, el principal enemigo del peronismo no está afuera, sino en el espejo. Cruzar el Rubicón de su autofagia, ese será el mayor desafío.
Para entender la encrucijada santafesina del PJ hay que mirar el mapa federal, a nivel nacional, el estadio post Alberto Fernández dejó al espacio “flojo de papeles” en términos de competitividad y liderazgo. Mientras figuras como Axel Kicillof, Sergio Massa, Sergio Uñac, Juan Grabois o el propio Ricardo Quintela asoman la nariz para intentar conducir esta nueva etapa, el “fuego amigo” sigue siendo la moneda de cambio. “Le viven cascoteando la casa”, graficaba con amargura un dirigente peronista porteño a este portal, en clara alusión a la interna feroz donde Máximo Kirchner y La Cámpora parecen empecinados en limar la gestión del actual gobernador de Buenos Aires, quien a priori es el mayor elector que conserva la fuerza.

Esa dinámica autodestructiva del espacio cruza el límite de la General Paz. “Nos vivimos pegando tiros en los pies”, retruca un importante referente del peronismo la provincia, trazando una perfecta analogía con lo que ocurre en Santa Fe. Aquí, donde la dispersidad del ideario justicialista es total. De un lado, nombres de peso como Agustín Rossi o el senador provincial Armando “Pipi” Traferri ensayan movimientos para preservar sus respectivos status quo políticos a como dé lugar y del otro, el resto de la dirigencia partidaria ejerce un fino equilibrio sobre un mar de egos, cuentas pendientes e intereses personales, que bloquean cualquier intento genuino de unidad.
A pesar de los problemas internos, las gateras para el 2027 empiezan a poblarse, hay nombres, hay ambiciones y hay matices para todos los gustos: desde los intendentes Pablo Corsalini (Pérez) y Roly Santacroce (Funes), pasando por los diputados nacionales, Diego Giuliano y Germán Martínez —quien ya empezó a pintar algunas paredes en Rosario en una señal inequívoca de que va a jugar—, el siempre omnipresente senador Marcelo Lewandowski, hasta el exgobernador Omar Perotti, a quien encuestas provinciales lo siguen señalando como el mayor “recaudador de votos” del espacio. Incluso la tónica del outsider asoma con nombres como el del empresario Federico Pucciariello.
“Hoy el problema no parece ser la falta de jugadores sino las reglas de juego que la propia dirigencia se impone”.
El peronismo santafesino si quiere recuperar sus días de gloria, necesita urgente reeditar el acuerdo que en 2019 llevó a Omar Perotti a la gobernación, pero esta vez con un nuevo pacto político que sea respetado a rajatabla. El histórico axioma de “el que gana conduce y el que pierde acompaña” no puede seguir siendo un eslogan de cotillón partidario; debe nacer de la convicción de que el proyecto colectivo es infinitamente superior a los valores propios de cualquier referente del PJ.

Lo que la militancia y la dirigencia está exigiendo en Santa Fe es una refundación partidaria que priorice el proyecto antes que los nombres, el peronismo debe dejar de mirarse a sí mismo y comprender que la sociedad no va a validar un armado de cúpulas elegido a dedo desde una oficina de Rosario, Santa Fe o Capital Federal. La construcción colectiva solo será legítima si se generan las condiciones para unas PASO amplias, generosas, transparentes y sin proscripciones ni palos en la rueda impuestos por los conductores de turno del partido.
“Es hora de que dejemos de vernos el ombligo y permitamos una interna donde todos participen en igualdad de condiciones, y que el ganador sea quien nos represente” se esperanzaba un referente rosarino del PJ consultado por este medio. La matemática electoral avala ese entusiasmo y en las filas de la militancia se hacen números rápidos y optimistas frente a la apatía generalizada del electorado: “Si juntamos entre todos, 600 mil votos en las PASO bajo un escenario de tercios y con baja asistencia, se puede aspirar seriamente a ganar las generales”. La foto que deje el PJ en las urnas de las primarias del mes de abril será un trampolín o una mortaja para las aspiraciones del peronismo provincial.
Para que esa matemática sea política, el PJ debe clausurar las luchas intestinas y habilitar la cancha de manera irrestricta, si el peronismo santafesino logra plasmar en los hechos la versión 2.0 de la “unidad en la diversidad”, el laberinto de los tercios no será una trampa, sino la puerta de regreso a la Casa Gris. La gran pregunta que sobrevuela esté presente pasa por saber si la dirigencia estará a la altura de entender que la única victoria posible es colectiva, o si preferirá seguir quedándose con el control de un partido que asista, desde la tribuna, a un nuevo triunfo de los demás.
