La música en Rosario pasó haciendo “Ala Delta”: Divididos en un Anfiteatro colmado presentó su nuevo disco y confirmó que su rock sigue siendo el mejor refugio
El sábado 25 de abril amaneció con ese gris plomizo que hizo dudar a cualquiera de los seguidores de Divididos. La lluvia y el viento amenazaban con aguar la fiesta en la barranca del Paraná, pero a medida que se acercaba la noche, el cielo rosarino decidió abrirse para dejar paso a lo que sería un ritual inolvidable. En las inmediaciones del Anfiteatro Municipal”, la numerosa fila de gente era un mapa de la fidelidad: jóvenes que recién descubren su música con adultos que los siguen desde Cemento y familias enteras con hijos adolescentes compartiendo ese sentimiento que solo Divididos es capaz de generar.
La organización prolija permitió que se agilizara el ingreso de público, que, en definitiva, desbordó cada rincón del “Anfi” (no quedó ningún escalón libre), la expectativa a priori, era total. A las 21:20, las luces se apagaron y luego el estruendo fue ensordecedor. Ricardo Mollo, Diego Arnedo y Catriel Ciavarella tomaron sus puestos en el escenario y arrancaron la noche con “Aliados en un viaje”, el primer corte de su flamante disco homónimo lanzado en 2025. Desde ese primer acorde, se percibió que las expectativas no solo iban a cumplirse, sino ampliamente superadas.
Fue un show de corte maratónico de más de dos horas y media ininterrumpidas, la banda, que ya celebra 31 años de trayectoria ininterrumpida, demostró una vigencia que roza lo mítico y sobrenatural. El nuevo material, con temas como “Cabalgata deportiva”, “Monte de olvidos” y esa bomba rockera llamada “Doña red”, sedujo al auditorio y estuvo acorde a la historia grande del grupo.
El viaje sonoro fue demoledor, sonaron piezas fundamentales como “Tanto anteojo”, “El 38” y “Casi estatua”, elevando la temperatura del show. Hubo espacio para la emoción profunda con “Spaghetti del Rock” y la psicodelia de “Mañana en el abasto”, recordando la raíz imborrable de Sumo, también hubo homenajes necesarios, como la versión de “Rock de la mujer perdida” de los Gatos (un guiño hermoso a la cuna del rock) y la potencia de “Sucio y desprolijo” de Pappo. Mollo, con su humildad habitual y esa guitarra que parece una extensión de su cuerpo, y Arnedo, el “Cóndor” del bajo que marca el pulso del corazón de todos, guiaron la entrega desde el escenario. Catriel, por su parte, atrás, confirmó por qué es el motor que mantiene a esta aplanadora a máxima velocidad.
Para el cierre, como ya es costumbre, pero con una energía renovada, el himno “Ala Delta” desató el delirio final, dejando al Anfiteatro vibrando bajo la luna rosarina. Tras el último estribillo y el saludo final, los rosarinos se fueron caminando por el Parque Urquiza con la sensación de haber sido testigos de un momento bisagra, porque Divididos volvió a Rosario con canciones nuevas en su bitácora de viaje, pero con la misma honestidad de siempre. El rock, en manos de los tres músicos (que suenan como si fueran veinte), sigue siendo, para sus fanáticos y seguidores, el mejor refugio del mundo y vaya que está muy bien, que así lo sea…
