El rugido del León bajo el cielo rosarino: Los Cadillacs obsequiaron una noche de clásicos y herencia familiar
El entorno del Parque Urquiza ya palpitaba algo especial desde muy temprano, no era una noche más del ciclo “Noches del Lunario”. En las escalinatas y en los ingresos, el paisaje humano contaba una historia por sí sola; viejos fans de la primera hora, padres e hijos compartiendo remeras y muchas canas conviviendo con la frescura de las nuevas generaciones. Gracias a una organización, que estuvo a la altura de la importancia del evento, permitió que el público fuera ganando sus lugares con facilidad y con la ansiedad propia de quien sabe que está a punto de presenciar un capítulo histórico.
A las 20:15, el Anfi ya lucía un lleno total. El clima se empezó a calentar con los locales Mamita Peyote, que con su sello rosarino de rock-reggae-ska prepararon el terreno de manera ideal. Pero el plato fuerte llegó a las 21:15, tras varios años de ausencia en los escenarios locales, Los Fabulosos Cadillacs pisaron el escenario, no hubo tiempo para especulaciones; el primer acorde de “Manuel Santillán, El León” fue suficiente para que la mística se apoderara del lugar y el público estallara, en un solo grito.
Lo que siguió fueron dos horas consecutivas de un show que no dio respiro, con una escenografía imponente y un juego de luces de primer nivel, la banda demostró por qué sigue siendo la referencia absoluta del rock latinoamericano. Vicentico, el Sr. Flavio y compañía desplegaron un repertorio que fue un viaje directo al corazón de los años 80 y 90, pero con la potencia sonora del 2026.
Sonaron himnos inoxidables como “Mi novia se cayó en un pozo ciego”, la intensidad de “Demasiada Presión” y la elegancia de “Siguiendo la luna”, que con el río Paraná de fondo cobró una dimensión casi mágica. Hubo momentos de puro baile con “Carmela” y “El genio del dub”, y pasajes de altísima conexión emocional con “Calaveras y Diablitos” y “Padre Nuestro”. La lista siguió con joyas como “Saco Azul”, “Carnaval toda la vida” y el infaltable grito de libertad que es “Mal bicho”.
Para el cierre, la banda guardó la artillería pesada, el tramo final fue una seguidilla de nocaut: “Vasos vacíos” puso a todo el mundo a cantar con los brazos en alto, “Matador” desató el pogo más grande de la noche y, para culminar una jornada perfecta, “Yo me sentaría en tu mesa” fue el broche de oro que dejó a todos bailando incluso después de que se apagaran los equipos. El público abandonó el Anfiteatro con esa enorme sonrisa de satisfacción que solo te deja un gran show. Rosario y los Cadillacs volvieron a sellar su pacto de amor, recordándonos que el rock, cuando tiene esta clase de intérpretes, es y será eterno.
