OpiniónSociedad

Ecos filosóficos y teológicos de la travesía de León XIV en Sudamérica

Por Lisandro Prieto Femenía

“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” Agustín de Hipona, 397/2010, p. 25.

La inminente llegada del sumo pontífice a nuestro continente nos arroja frente al espejo de nuestra propia identidad, interpelándonos sobre el vacío espiritual que subyace bajo la modernidad líquida que habitamos. En el preciso instante en que la Conferencia Episcopal Argentina (2026) oficializó el evento mediante su sitio oficial, el anuncio pareció abrir una grieta en el tiempo profano afirmando que “a continuación, con gratitud, conocemos el itinerario del Papa en la Argentina, entre el 8 y el 11 de noviembre” (párr. 2). Detrás de esta aparente formalidad protocolar, palpita un profundo misterio teológico que no podemos soslayar. Robert Francis Prevost, hoy investido como León XIV, no regresa simplemente como un jefe de Estado a tierras americanas, sino que encarna la figura ancestral del pastor que busca reagrupar un rebaño desorientado por las crisis sucesivas de nuestro siglo. Es precisamente en ese horizonte donde cobra vida la intuición de Romano Guardini (2002) en su obra “El Señor”, cuando nos recuerda que “la fe no es una mera teoría ni un sentimiento vago, sino el encuentro vivo con Aquel que transforma la existencia” (p. 142). ¿Estamos verdaderamente dispuestos a ser atravesados por ese encuentro o concebimos esta travesía como un superficial espectáculo mediático destinado a desvanecerse en la inmediatez de las pantallas posmodernas?

El fervor popular desatado ante la noticia también desnuda una sed ontológica inevitable en el sujeto contemporáneo, quien constantemente busca anclajes de sentido frente a la incertidumbre opresiva del día a día. En el diario “La Capital”, a través de un pormenorizado artículo de Bazzoni (2026), se ilustra esta sintomatología social de manera elocuente al constatar empíricamente un fenómeno que trasciende la efusividad secular. Desde las agencias de turismo locales confirman que tienen muchas más consultas por la visita del Papa que por el partido de despedida de Messi en la selección nacional (párr. 2). Aquella aseveración no debería leerse como una anécdota estadística del mercado, sino que nos revela que frente a la idolatría de figuras patéticas del espectáculo y la exacerbación del éxito deportivo, el alma colectiva sigue clamando por lo eterno, constatando la validez del diagnóstico agustiniano sobre la inquietud estructural del corazón humano. Precisamente, al indagar en esta constitución intrínseca, el teólogo Karl Rahner (1984) en su “Curso fundamental sobre la fe” sostiene que el ser humano es, por su propia esencia, una apertura infinita orientada hacia el absoluto; somos aquel ente que existe como “el evento de una auto-comunicación libre, indulgente y absoluta de Dios” (p. 54). Existe, por consiguiente, un deseo latente de comunión superior que los trofeos terrenales jamás podrán saciar por completo, empujándonos irremediablemente hacia el misterio inabarcable.

Sumergidos en el ordenamiento temporal que imponen los Estados frente a la irrupción de lo sagrado nos exige pensar críticamente la tensa relación entre el poder político y la fe. La estructura burocrática ha intentado encuadrar este acontecimiento metafísico dentro de los márgenes de un calendario oficial, una dinámica que expone claramente el diario “La Nación” al detallar el cronograma gubernamental. La propia ministra de Seguridad confirmó la pausa administrativa del Estado al precisar la forma en que “El día lunes 9 de noviembre será feriado nacional. Los días martes y miércoles se trabajará dentro de cada una de las jurisdicciones, en la Ciudad de Buenos Aires, provincia de Buenos Aires, provincia de Córdoba, en feriados limitados a las jurisdicciones específicas” (párr. 6). Pues bien, ante la irrupción de esta pausa decretada, el filósofo Byung-Chul Han (2015) expone en “El aroma del tiempo” que “la fiesta es un tiempo en el que la vida se experimenta a sí misma no como un medio para un fin, sino en su propio esplendor” (p. 88). En este punto, cabe preguntarnos entonces si la interrupción del ritmo mercantil cede terreno a la contemplación del misterio divino o si el sistema técnico intenta domesticar el fervor reduciéndolo a un asueto productivo ordinario. Otorgar un feriado, como bien sabemos, no garantiza de ninguna manera el recogimiento profundo del espíritu.

Toda experiencia religiosa genuina requiere inevitablemente de una envoltura estética que permita traducir lo inefable al lenguaje acotado de los mortales, siendo la música el puente primordial hacia esa trascendencia. Al respecto, resulta imprescindible recuperar la magistral intuición del teólogo Hans Urs von Balthasar (1985), quien en el primer volumen de su magna obra “Gloria. Una estética teológica” postula con admirable lucidez que “nuestra palabra inicial se llama belleza” (p. 16), puesto que sin ella, la verdad y el bien pierden su originaria fuerza de atracción. La búsqueda de una voz armónica para recibir al sucesor de Pedro movilizó las fibras artísticas de la nación entera de un modo fascinante y en plena sintonía con esta primacía de lo bello. Como relata la crónica de “Infobae” (2026), el andamiaje organizativo de la Iglesia impulsó esta sinergia creativa mediante una iniciativa donde “el certamen convocó a compositores argentinos mayores de 18 años para presentar una obra original e inédita en castellano” (párr. 2). La canción ganadora intenta cristalizar el enorme esfuerzo comunitario por construir una liturgia popular viva y palpitante donde, siguiendo la estela balthasariana, el arte se convierte en una herramienta exegética indispensable que nos ayuda a procesar emocionalmente la llegada del líder eclesiástico, otorgando sonido a nuestra esperanza compartida.

Como es bien sabido, bajar a las trincheras del sufrimiento humano constituye el núcleo irrenunciable del cristianismo, despojándolo de cualquier tentación de encierro palaciego o de comodidad institucional. La agenda papal no transcurrirá únicamente entre majestuosas sedes gubernamentales y ceremonias multitudinarias, sino que exige el contacto directo e incómodo con la vulnerabilidad absoluta. Tomamos como ejemplo las declaraciones publicadas por el diario “Clarín” (2026) dado que retratan un punto de inflexión en el recorrido oficial indicando cómo “el pequeño Cottolengo Argentino Don Orione, en Claypole, será el siguiente destino del Papa León XIV. La institución asiste a personas con discapacidades físicas e intelectuales” (párr. 9). Al respecto, Emmanuel Levinas (1977) argumentó en “Totalidad e infinito” que “el rostro se me impone sin que yo pueda quedar sordo a su llamada” (p. 211), recordándonos así el imperativo ético que nace del encuentro cara a cara con los indefensos. Esta fundamental exigencia filosófica encuentra también su resonancia teológica en el pensamiento latinoamericano contemporáneo, puntualmente con Gustavo Gutiérrez (1990), que lo expone de manera conmovedora en su paradigmática “Teología de la liberación”, al sentenciar categóricamente que “el prójimo no es aquel que encuentro en mi camino, sino aquel en cuyo camino me pongo” (p. 240). En este sentido, abrazar la fragilidad radical de quienes han sido arrojados a los márgenes de la implacable productividad capitalista nos devuelve a la esencia misma del Evangelio. Allí, en la mirada silenciosa de los desamparados, habita la verdadera y más feroz interpelación de nuestra época.

Traspasando las fronteras nacionales, este periplo asume una dimensión continental que interpela las raíces identitarias compartidas de toda Hispanoamérica. El paso posterior por suelo peruano reviste una carga íntima y nostálgica para el pontífice norteamericano, antiguo misionero en esas complejas tierras, resignificando la poderosa metáfora de los afectos que echan raíces. El medio oficial “Vatican News”, mediante el análisis de Sansón Ferrari (2026), revela que las expresiones elegidas para representar ese tramo de la travesía encierran un mandato ineludible puesto que “el lema ‘abramos el corazón’ invita a abrirse a Dios para renovar la fe, al prójimo para construir fraternidad y a la misión para anunciar con alegría el Evangelio, fortalecer la unidad y fomentar la paz” (párr. 14). Dicha disposición, como señala Ferrari citando el ideario del acontecimiento, es coherente con el sentir regional cuando afirma que “el logotipo representa a un pueblo en el que todos son acogidos, con Cristo en el centro” (párr. 11). Esta apertura trasciende por completo el sentimentalismo barato de la autoayuda posmoderna que inunda el mercado en tanto que exige, por el contrario, una desgarradura existencial dolorosa, una disposición auténtica a que el otro penetre en nuestras certezas calcificadas para desarmarlas desde adentro.

Abordar el paso de León XIV por nuestro país requiere, inevitablemente, enfrentar el fantasma de una ausencia histórica que todavía hace ruido en la memoria colectiva nacional. Nos referimos, claro está, a la figura de Jorge Bergoglio, quien durante su extenso pontificado jamás concretó el ansiado retorno a su patria. En este sentido, el viejo proverbio bíblico sentencia lúcidamente que nadie es profeta en su tierra, y la trayectoria de Francisco parece haber encarnado esta máxima hasta sus últimas consecuencias. El análisis del periodista Julio Bazán (2026) captura magistralmente la melancolía de este desencuentro al reflexionar sobre cómo el pontífice argentino “murió sin ver su casa natal en el barrio de Flores, ni a su escuela, ni a la placita donde jugaba de niño” (párr. 5). La precitada lejanía física, sostenida inquebrantablemente durante miles de días y decenas de viajes internacionales, nos interpela a pensar en las barreras invisibles que la política vernácula y la polarización social construyeron alrededor de su figura, transformando un potencial acontecimiento de comunión en un terreno de disputas decadentes y estériles. Ante todo esto, sólo nos queda una pregunta: ¿por qué toleramos que nuestras divisiones ideológicas terminen por exiliar a quienes podrían ofrecernos un horizonte de unidad?

Las justificaciones históricas de esta postergación perpetua fluctúan constantemente entre las vicisitudes del calendario político sudamericano y el indisimulable deterioro físico del cuerpo humano. Al respecto, desde el portal “El Destape”, Peverelli (2025) rescata las propias palabras con las que el entonces Papa excusaba una de sus aproximaciones más concretas a la región durante el año 2017, cuando relató que “el plan era Chile, Argentina y Uruguay, ¿pero qué sucedió? En ese mes que yo iba a ir Michelle Bachelet estaba en campaña electoral para elegir su sucesor” (párr. 4). A esta prudencia diplomática se sumaron, tiempo después, las ásperas tensiones con las sucesivas administraciones gubernamentales y la fragilidad evidente de su estado de salud. Sin embargo, superando la anécdota coyuntural, surge aquí una lectura mucho más honda que el diario “La Gaceta” (2026) sugiere al interpretar la inminente llegada del sucesor estadounidense como un homenaje implícito, un acto reparador ante aquella promesa inconclusa. Tomar las huellas del líder jesuita en estas latitudes australes nos plantea un desafío ético monumental, empujándonos a abandonar la eterna búsqueda de mesianismos locales para hacernos cargo, de una vez por todas, de la ardua construcción de nuestro destino comunitario.

Y es precisamente en la magnitud de esta recepción y en el desafío de construir nuestro propio destino donde resulta imperativo trazar una coordenada comparativa que exponga la divergencia espiritual entre hemisferios. Mientras que en las naciones de una Europa profundamente secularizada la figura del sumo pontífice parece a menudo desdibujarse bajo el peso de una decadencia posmo-progre y una indiferencia casi sistemática (obviando, por supuesto, la inesperada y espectacular recepción que tuvo recientemente en Francia), América del Sur se presenta como un reservorio vibrante de religiosidad popular.

En estas latitudes, la investidura papal conserva aún una tracción magnética, un poder de convocatoria innegable capaz de movilizar transversalmente a millones de almas. No obstante, este ímpetu multitudinario acarrea consigo un riesgo fenomenológico: agotarse en la mera efervescencia de un acontecimiento masivo sin repercusión estructural. Para conjurar este peligro, desde Roma han establecido una advertencia fundamental. Tal como documenta Reyes Alcaide (2026) en “Infobae”, la voluntad explícita del Vaticano es que el periplo de León XIV actúa como “un punto de inicio y no un punto de llegada” (párr. 1). La expectativa eclesial es que el fervor continental no quede reducido a la fugacidad de las fotos oficiales, sino que se cristalice en un “legado” duradero de concordia, unidad y diálogo institucional (Reyes Alcaide, 2026). De este modo, se nos interpela a que la devoción de nuestro continente no sea una simple antítesis reaccionaria al vacío europeo, sino el auténtico germen de un renacimiento ético perdurable.

Para ir cerrando, queridos lectores, sólo nos queda indicar que sostener este examen crítico despojados de comodidades intelectuales nos sitúa en una situación incómoda, donde la fascinación pasajera amenaza con opacar la transformación sustancial a la que somos convocados. Cuando las multitudes se dispersen y el bullicio mediático se extinga por completo en las avenidas de nuestras ciudades, ¿nos descubriremos verdaderamente transformados en nuestra forma de habitar el mundo o continuaremos anestesiados en el engranaje utilitario del consumo? ¿Seremos capaces de traducir la sacudida de esta visita en un compromiso real con el rostro del necesitado o preferimos refugiar la fe en el consuelo estéril de las devociones privadas? Por último, ¿no será acaso que aguardamos la llegada de un “profeta” lejano sólo para eludir la cobarde responsabilidad de hacernos cargo del dolor de nuestro propio hermano?

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