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Del “representante del maligno” al “argentino más importante de la historia”: Milei y la hipocresía como política de Estado

Por Sergio Alcázar

En la política argentina, el giro de 180 grados es una constante que suele disfrazarse bajo las pilchas de un buscado y necesario “pragmatismo”. Sin embargo, lo que Javier Milei ha ejecutado respecto a la figura del Papa Francisco no entra en la categoría de la táctica política, sino en la de la “flagrante hipocresía manifiesta”. La conversión del presidente, que pasó de proferir insultos que rozaron lo profano a calificar al Sumo Pontífice como el “argentino más importante de la historia”, no solo es un ejercicio de oportunismo; es un vaciamiento de sentido que pone en jaque la credibilidad de quien ostenta el sillón de Rivadavia.

Durante la campaña presidencial del 2023, el por entonces candidato libertario no escatimó en adjetivos para atacar al Papa Jorge Bergoglio, la virulencia de sus palabras no fueron exabruptos momentáneos, sino un eje discursivo que buscaba polarizar al electorado bajo una lógica de amigo-enemigo. “El Papa impulsa el comunismo, entonces no tengo ningún problema de decir lo que digo del impresentable que está en Roma”, sentenciaba entonces Milei, con la soltura de quien no mide las consecuencias institucionales de sus dichos.

Pero la escalada no se detuvo en la crítica económica o ideológica, el nivel de injuria alcanzó límites insospechados cuando el libertario llegó a afirmar con total ligereza que: “El papa es el representante del maligno en la tierra ocupando el trono de la casa de Dios”. Un insulto de tal magnitud, dirigido a la máxima autoridad de la Iglesia Católica y a un símbolo cultural argentino, no puede borrarse ni con un decreto o ni con disculpas forzadas en redes sociales.

Tras asumir la Presidencia, el “pragmatismo” —esa excusa elegante que se tiene a mano para ocultar la contradicción— tomó el control de la situación. El camino de acercamiento, diseñado minuciosamente para limar asperezas, culminó el 12 de febrero de 2024, cuando Milei y Francisco concretaron una reunión extensa y amable en el Vaticano. La foto, el abrazo y la distensión fueron las herramientas elegidas para clausurar el pasado y esconder bajo la alfombra los desmedidos vituperios del mandatario hacia la máxima figura de la fe católica.

Sin embargo, el olvido selectivo tiene un límite, la memoria de los ciudadanos —especialmente de aquellos que entienden que el respeto institucional no es una moneda de cambio y los otros, la enorme comunidad católica de argentina que no olvida la ofensa a su líder espiritual— guarda registro de la incoherencia. La estampa definitiva de este cinismo político se vio desde Israel, donde el mandatario, en un giro absoluto, escribió en su cuenta de la red social X: “Aquí con el argentino más importante de toda la historia… Abrazo a la distancia Santo Padre”. ¡!Hablemos de panquequismo!!

¿Cómo puede el “representante del maligno” transformarse, en cuestión de meses, en el “argentino más importante de la historia”? La respuesta es sencilla: cuando la convicción es líquida y el poder es el único norte, la palabra pierde todo su valor, lo grave de este episodio no es el cambio de opinión, que sería legítimo si fuera acompañado de una disculpa sincera y un reconocimiento del error, lo realmente peligroso es la impunidad con la que el discurso público se transforma según la conveniencia del momento.

De algunas cosas no se vuelve, como de la muerte o el ridículo, por lo cual haber injuriado al Papa de manera tan descarnada no debería ser un episodio que quede archivado en la hemeroteca bajo el rótulo de “travesuras de campaña”. Para quien aspira a liderar una nación, la coherencia no es un accesorio, sino un cimiento de la fortaleza de su liderazgo. Si el presidente puede cambiar de parecer sobre la esencia de una persona con tal facilidad, ¿qué podemos esperar cuando se trate de las promesas hechas a los argentinos?

La historia juzgará (Dios y la Patria se lo demanden reza el juramento hecho ante la Biblia) no solo las políticas que lleva adelante este gobierno, sino también auditará la integridad de sus palabras, por ahora, el “abrazo a la distancia” con el cual el presidente pretende cerrar un capítulo de discrepancias con el Papa Francisco, sabe más a un artilugio de cálculo político que a un gesto de verdadera reconciliación.

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