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“Se dice de mí..”: Fuerte negatividad en la conversación digital, la batalla cultural que perdió el oficialismo santafesino

Si Tita Merello reviviera en la Santa Fe de estos días, tendría que actualizar su tango más famoso: “se dice de mí…” En las redes sociales del mandatario provincial, el arte de borrar críticas se ha convertido en una obsesiva actividad rutinaria, donde un equipo de comunicación ataja insultos día y noche en un denodado esfuerzo de hacer desaparecer lo malo. Sin embargo, en el intento de proteger una cuidada “narrativa de cercanía”, lo único que han logrado activar es el clásico efecto Streisand: cuanto más se empeñan en ocultar enojo social, más estruendosa se vuelve la atención sobre la tijera digital.

Borrar comentarios de forma masiva no es moderación, es censura sistemática, no se trata de filtrar un spam ni de contener agresiones aisladas, sino de un trabajo coordinado para apagar el termómetro social real del reclamo. La maniobra no solo genera una crisis de transparencia y erosiona la reputación digital de la gestión, sino que quiebra la confianza ciudadana: el usuario que ve cómo desaparece su crítica al mandatario, asume de inmediato que el gobierno oculta a quienes lo critican de manera dictatorial. El canal bidireccional que la política prometió para escuchar a la gente queda así reducido a una comunicación de una sola vía: incapaz de tolerar el debate o la queja.

Los datos que vuelca un informe de “Staff” sobre la conversación digital santafesina de los últimos días no dejan margen para la especulación: un abrumador 89% de las expresiones presenta una orientación negativa contra el titular del Ejecutivo provincial, frente a un famélico 7% neutral y un pobre 4% favorable. La desconexión alcanzó su clímax al sondear una eventual candidatura de Pullaro en 2027, donde la valoración negativa escaló al 94%. Frases como “Nadie te va a votar”, “Pullaro nunca más” o “Nosotros ya decidimos” invadieron las publicaciones, convirtiendo la casilla de comentarios en un escarnio popular anticipado de votación donde los usuarios hablan en nombre de un “nosotros” colectivo. Ante esta marea, la respuesta oficial no fue con una “mejor” política, sino simplemente hizo uso del “arte” de borrar.

En la trinchera visual de Instagram, donde el algoritmo y el impacto visual mandan, la imagen de miles de ciudadanos criticando al unísono activa el llamado efecto manada, ese fenómeno comunicacional que valida y multiplica el descontento orgánico. En el oficialismo – temerosos que cada publicación se transforme en una asamblea de protesta permanente – la orden fue barrer totalmente con la disidencia. El costo humano (uno imagina) lo paga el community manager de turno, atrapado en un “bucle” de agotamiento por debatirse a diario con “oleadas” de mensajes de indignación contra el titular de la Casa Gris, mientras intenta construir una matrix donde la gestión parezca ordenada, pulcra y con un apoyo que resulte, unánime.

Pero como la realidad no se deja tapar tan fácil, al borrado masivo le siguió una contraofensiva de laboratorio expuesta por una masiva invasión de las granjas de trolls. Cuando los comentarios reales inundan los posteos, aparecen oleadas de cuentas automatizadas —la mayoría con fecha de inicio de actividades entre febrero y marzo de 2026— sin o con poquísimos seguidores, sin publicaciones previas y con avatares de Inteligencia Artificial destinados a dejar elogios y en simultáneo, atacar a los críticos. Intentar tapar un quiebre profundo en la opinión pública con un simple gesto de censura y perfiles fantasma no devuelve la legitimidad perdida; solo confirma que cuando la realidad se convierte en un escenario caliente, la estrategia del oficialismo consiste simplemente en romper el termómetro.

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