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La vidriera irrespetuosa del Cambalache Libertario: biblias, calefones, pendrives y criptomonedas

Por Sergio Alcázar

Discépolo era un optimista, cuando en 1934 escribió que el mundo fue y será una porquería, claramente esa imaginación le permitió anticipar la era del “León” en Argentina. Si el siglo XX fue un despliegue de maldad insolente, el siglo XXI libertario es un upgrade con conexión satelital, billeteras virtuales y un cinismo tan depurado que haría que los “chorros, maquiavelos y estafaos” de antes parezcan adictivas “burlas virales de memes” en las redes.

Bienvenidos al cambalache del “no hay plata”, donde los únicos que no la ven son los jubilados, mientras que en las altas esferas del poder de turno los ceros se multiplican con la velocidad de un Bot de Twitter. Qué vigencia tiene el zorzal cuando cantaba: Que el mundo fue y será una porquería, que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente y que vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo, todos manoseaos”.

Y vaya si estamos revolcados en el merengue, la criticada “casta” no solo no tenía miedo, sino que mudó sus oficinas a la Casa Rosada y los ministerios. En la vidriera irrespetuosa de este nuevo cambalache, ya no llora la Biblia junto a un calefón; ahora lloran los fondos públicos junto a un pendrive de criptomonedas, un misterioso y simpático dispositivo que apareció para recordarnos que la transparencia libertaria es transparente, sí, pero invisible para la Oficina Anticorrupción.

Manuel Adorni le asestó un golpe durisímo a la credibilidad del gobierno por las sospechas de enriquecimiento ilícito del Jefe de Gabinete.

Es que, en esta versión febril de la Argentina modelo 2026, la moral se volvió tan volátil como el mercado, si uno mira al Jefe de Gabinete, Manuel Adorni —el hombre que pasó de contar técnicamente la miseria ajena a tener que explicar, con bastante menos éxito, la opulencia propia—, se da cuenta de que el relato patrimonial tiene más inconsistencias que la declaración de Samantha Farjat en el recordado caso del Jarrón de “Guillote” Coppola. Un enriquecimiento personal que avanza a paso firme mientras el país retrocede, mechado con mentiras burdas sobre bienes y declaraciones juradas que no cierran ni con el mejor asesor contable.

Y hablando de asesores, los mitos fundacionales de la pureza anticasta se empiezan a caer a pedazos, el propio Javier Milei, aquel que prometía venir a limpiar el templo de los mercaderes, arrastra en su currículum las sombras del caso de la estafa “Libra”, demostrando que el amor por los esquemas dudosos viene de arrastre. No es el único: José Luis Espert (hoy muy frisado) caminó temerariamente por la cuerda floja de los vínculos con personajes del narcotráfico, recordándonos que, en el barrio de la política, las fronteras de la legalidad son tan difusas como algunos límites juridiscionales nacionales.

Los inmorales, efectivamente, nos han igualado, o peor, nos han gobernado. ¿Cómo explicar, si no, el festival de la insensibilidad en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis)? Mientras se recortaron pensiones con la excusa de “auditar”, los casos de corrupción y las estafas con los fondos destinados a los más vulnerables se multiplicaron como los panes y los peces bíblicos. Pero claro, el ajuste es para los sospechosos de siempre, porque para los propios siempre hay un retorno. El famoso 3 % de coimas atribuido al entorno de Karina Milei —la “Jefa” que todo lo ve y todo lo tasa— ya no es un simple secreto de pasillo, sino la tarifa plana para ganarse una membresía en club de las Fuerzas del Cielo.

Lilia Lemoine, la principal vocera y defensora de la gestión de Javier Milei, una legisladora que con sus formas banalizó la política.

La comparsa actual se completa en el Congreso, allí, legisladoras como Lilia Lemoine, Karen Reichardt y Laura Santillán (entre polémicas de tintes esotéricos, visitas a genocidas y proyectos de ley insólitos) transformaron las respetadas bancas de la Legislatura en un set de streaming o en una sucursal del absurdo. Da lo mismo que sea influencer, cosplay, terraplanista o caradura; en el escalafón del mérito libertario, el único requisito es mostrar total subordinación al regimén y aplaudir al líder.

En esta vidriera posmoderna, se mezclan los discursos de Alberdi con los cuadernos de coimas clonados en blockchain, se junta la épica de la libertad con la miseria planificada de las estafas a los discapacitados. Es un auténtico reino del revés. Al final, la motosierra no era para cortar los privilegios, sino para armar el escenario de este nuevo cambalache. El que trabaja noche y día como un buey sigue pagando el boleto de colectivo cada día más caro y los impuestos de los servicios por las nubes, mientras los nuevos “señores” de la política se sientan a un lado de la vida del ciudadano de a pie, cuentan criptomonedas y les dicen, con una hermosa sonrisa irónica, que “el mercado se regula solo”. ¡!Dale nomás, dale que va….!!

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