La “Fe” según Pullaro: la foto del Papa, pastores evangélicos y los milagros bilaterales
Maximiliano Pullaro, exhibe en su foja de servicios de la política, una audacia digna de los grandes ilusionistas, su reciente anuncio de haber enviado una carta al nuncio apostólico para invitar al Papa León XIV a Rosario es, por decir lo menos, un acto de fe, pero quizás no de fe religiosa, sino de una fe ciega en sus estrategias y convicciones. El pedido, que a primera vista podría ser parte del corazón de cualquier católico bienintencionado que sueña con ver al Sumo Pontífice bendiciendo el suelo rosarino, cobra un tinte de fuerte ambigüedad cuando se descorre el telón de la realidad provincial, donde el vínculo con el catolicismo dista mucho de ser, el que debería.
Para la Iglesia Católica santafesina, la misiva del gobernador debe haber hecho “mucho ruido”, es que la empatía de Pullaro por la institución parece ser estrictamente epistolar, en el día a día de la gestión, las señales han sido diametralmente opuestas. “Nunca un ministro de este gobierno vino a un evento organizado por nosotros, ni que hablar el propio mandatario provincial”, se quejaba masticando bronca un joven sacerdote rosarino hace apenas unos días en diálogo con este medio.
El ninguneo del poder de turno con la fe católica no es solo una cuestión de agenda o de sillas vacías en los actos litúrgicos; quedó institucionalizado en la piedra basal del Estado cuando el propio Pullaro, a través de la Reforma Constitucional de 2025, le quitó a la Iglesia Católica el estatus histórico de religión oficial que poseía en la carta magna provincial. Bajo la bandera de una pregonada “igualdad de cultos”, la nueva Constitución acomodó a los referentes católicos en un rincón bastante incómodo, despojándolos de casi todos los privilegios y del merecido reconocimiento institucional histórico.
Sin embargo, el problema no es la laicidad del Estado —un debate válido en cualquier democracia moderna—, sino la evidente asimetría de la “fe gubernamental”, mientras la Iglesia Católica sufre el vacío de poder y la pérdida de estatus, las oficinas del Ejecutivo provincial parecen haberse transformado en la “sucursal” de un sector muy específico del mundo evangélico.

La mentada igualdad de cultos no parece ejecutarse en los hechos, el mandatario no disimula su activa y entusiasta participación en las reuniones de los referentes evangélicos, con especial debilidad por las congregaciones de los pastores Sensini y Ghione. Para ellos no hay agendas apretadas ni falta de audiencias, al contrario; el apoyo político es total, la logística estatal está siempre a disposición y el flujo de recursos económicos es tan generoso como prioritario, dejando a otros sectores religiosos mirando las oportunidades – como si fuera un melancólico tango – con la ñata contra el vidrio. Para los amigos, el acompañamiento del Estado y para los tradicionales, el rigor de la nueva Constitución laica.
Con este particular panorama, ¿cómo se explica el repentino interés católico del gobernador? Simple, oportunismo de manual, al enterarse de las gestiones que las autoridades uruguayas vienen realizando en mancomunión con la Iglesia para la histórica visita de León XIV a Sudamérica (prevista tentativamente para noviembre), los estrategas de campaña de Pullaro pergeñaron el plan al ver que la avanzada del Vaticano ya recorrió el país vecino y el calendario se define a finales de julio. Había que subirse al tren de la oportunidad como a de lugar. “Un profundo deseo como gobernador de que pueda contemplar llegar a la provincia, especialmente a Rosario”, enfatizó en su carta, una frase hermosa si no viniera de alguien que pasó el último año vaciando de presencia política los altares católicos.
Santa Fe es una provincia con una fuerte tradición eclesiástica, donde más del 65% de los ciudadanos se autorreferencia como católico, apostólico y romano, es una sociedad pacata para algunas cosas, pero muy despierta para otras y ese es el cálculo que los “cerebros” de campaña parecen haber obviado, la gente tiene memoria, tiene conciencia y, sobre todo, tiene la independencia suficiente para darse cuenta de cuándo la fe está siendo usada para “llevar agua al molino propio”.
Intentar usufructuar la sotana papal para aprovechar el momento después de haber obviado sistemáticamente durante la gestión a los obispos y sacerdotes es cruzar una peligrosa delgada línea donde las creencias pueden empezar a regir el devenir de los hechos. El escarnio popular es el peor de los escenarios para cualquier dirigente que intente manipular lo religioso en beneficio propio. El gobernador reza para que el Papa venga; los católicos santafesinos, para que deje de tratarlos como ciudadanos de segunda; y los pastores evangélicos – ruegan en sus templos – para que no se corte nunca el idilio con el gobierno provincial, dando así forma a una pirueta política que se muestra tan burda que ni el mismísimo Papa, con toda su infalibilidad religiosa, se atrevería nunca a bendecir.
