La mística del absurdo y el baile total: El Kuelgue encendió el Anfiteatro al ritmo de “Díscolo”
Ante un marco multitudinario e intergeneracional, la agrupación liderada por Julián Kartun brindó un show imponente a orillas del Paraná. Repasaron su discografía, presentaron su nuevo álbum y convirtieron el Parque Urquiza en una fiesta imparable de casi dos horas.
El Anfiteatro Municipal Humberto de Nito volvió a ser testigo de una noche mágica, este sábado 26 de septiembre, la brisa de la noche rosarina se transformó en el telón de fondo perfecto para el regreso de El Kuelgue, una banda que convirtió la fusión de música, actuación e improvisación en una verdadera marca registrada del rock y el pop nacional.
Desde temprano, el predio del Parque Urquiza mostró una postal festiva, una organización acorde que garantizó accesos fluidos y cómodos, un gran caudal de público de todas las edades fue colmando las gradas: grupos de amigos, parejas y familias enteras listas para dejarse llevar por la frescura impredecible del grupo.
Puesta en escena impactante y el carisma de Kartun
A las 21:30, la impaciencia de la gente se convirtió en ovación cuando el escenario se iluminó, con una enorme puesta en escena que destacó por su cuidada decoración estética y un hipnótico juego de luces, la banda encabezada por Julián Kartun irrumpió con toda su elegancia y teatralidad, marcando el inicio de una velada diseñada para el disfrute absoluto.
El repertorio funcionó como un viaje dinámico a través de su historia, el Kuelgue desplegó las canciones de Díscolo, su flamante trabajo discográfico, mostrándolas con un sonido afilado y contagioso que fue recibido con entusiasmo inmediato. Al mismo tiempo, los fanáticos celebraron un recorrido exhaustivo por los grandes hitos de toda su discografía, donde no faltaron sus clásicos más coreados.
Dos horas de ritmo ininterrumpido
El despliegue performático de Kartun, respaldado por una banda sonora ajustada al milímetro, mantuvo al Anfiteatro en constante movimiento. Durante casi dos horas sin parar, la banda hizo vibrar y bailar a cada uno de los presentes, alternando momentos de funk bailable, pasajes poéticos, improvisaciones desopilantes y ese humor absurdo que conecta de manera tan directa con el público.
El concierto cerró bien arriba, con la gente bailando en las gradas y despidiendo a los músicos entre aplausos prolongados. El Kuelgue demostró una vez más por qué su propuesta en vivo sigue siendo una de las más singulares e irresistibles de la escena actual, dejando en Rosario la huella imborrable de una noche donde la libertad creativa fue la verdadera protagonista.
