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“La Libertad Avanza no puede ni gobernar”: el camaleónico giro de Felipe Michlig

Hay dirigentes políticos que tienen la asombrosa capacidad de reescribir su propia historia casi sin despeinarse. En la provincia de Santa Fe, ese arte del transformismo a conveniencia tiene un exponente de culto: Felipe Michlig. El experimentado senador radical de Unidos ha vuelto a desplegar su vestuario de paladín de la cordura y el diálogo, sermoneando a la sociedad sobre los peligros de los mensajes de odio, la polarización y esos “extremos” que supuestamente destruyen al país. Mientras, frente a los micrófonos el legislador señala con el dedo para calificar a libertarios y kirchneristas como socios de un mismo negocio destructivo que no deberían ni gobernar ni tener poder de decisión.

La escena podría resultar hasta conmovedora, si la memoria en la política durara tan poco como los principios ideológicos. Basta con rebobinar el calendario apenas un par de meses para encontrar a un Michlig distinto, era la época en que el peso territorial del oficialismo nacional invitaba a buscar acuerdos pragmáticos, y el legislador no dudaba entonces en posar como el gran integrador de la provincia.

En aquel entonces, el libreto no hablaba de “extremos inviables”, sino más bien, de propiciar acuerdos y tender puentes para sumar a La Libertad Avanza al frente oficialista, con una generosidad casi pedagógica, nos explicaba que “no había que cerrarle la puerta a nadie”, pidiendo “hacer un esfuerzo atenuando cuestiones ideológicas”, en nombre del bien común.

El viraje del Senador provincial genera por estos días mucho ruido, en cuestión de semanas, los mismos libertarios a los que pedía abrazar sin prejuicios pasaron de ser socios deseables para el futuro santafesino a convertirse en fanáticos peligrosos incapaces de gestionar nada. ¿Qué cambió en el medio? Ciertamente no las formas ni las ideas de Javier Milei, que siguen siendo las mismas de siempre, sino la conveniencia táctica del propio Michlig. La grieta, según parece, solo es repudiable cuando no renta en la mesa de negociación; cuando sirve para darle musculo político al espacio propio, es apenas un matiz que conviene disimular.

Esta misma rutina de la ambigüedad se traslada a la defensa del polémico proyecto que intenta justificar, frente a las voces que advierten sobre el riesgo de cercenar libertades e imponer multas llamativas, el senador minimiza el asunto como un simple exceso de redacción en algún artículo suelto. Para Michlig, dudar de sus intenciones es una “locura” porque el texto viene empaquetado con el aval de la Mesa de Diálogo. La lógica es implacable: si la foto institucional es numerosa, el fondo no se discute, y cualquier alerta sobre libertades individuales se barre debajo de la alfombra de la tolerancia oficial.

Al final del día, el sermón de Michlig contra los discursos de odio termina pareciéndose demasiado a lo que pretende denunciar. Critica el negocio de la división mientras ejerce con maestría el oficio de acomodar los principios según sople el viento de la coyuntura a su favor, porque en el teatro político santafesino, pocos entienden el arte de “divide y reinarás” tan bien como aquellos que nos piden olvidar hoy, lo que ayer pregonaban con tanta convicción.

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