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Memorias de una ausencia en Hughes: otro año más sin Javier, la historia de un dolor y un silencio que hiere más que el paso del tiempo

Por Sergio Alcázar

Hay ausencias que se miden en años, y hay otras que se miden por el silencio que las rodea. Para la familia de Javier Romero, el tiempo se detuvo de golpe aquel 6 de septiembre de 1989 en Hughes. Javier tenía apenas 13 años, era la edad de la inocencia, de salir a tomar un helado en una tarde cualquiera, de compartir juegos con amigos de la misma cuadra, pero aquel día, tras el almuerzo, Javier y un compañero, Pedro Torres cruzaron sus caminos con otro adolescente del pueblo, Maximiliano Pullaro de 14 años, quien los convidó a su casa a jugar videojuegos.

¿Porque lo invitó a Javier a su casa si no eran amigos?, una pregunta que se convirtió en un dilema para la hermana de Javier, Silvina Romero, el cual todavía la asfixia a diario, como una sospecha metida bajo la piel que la deja a merced de un profundo vacío, sin siquiera concederle la piedad de una sola respuesta. Lo que debía ser una tarde de pasatiempos infantiles se transformó, en un instante irreversible, en una tragedia eterna.

Según el relato que Pedro Torres conservó a duras penas en su memoria, la escena cambió de color cuando el anfitrión- apenas habían ingresado a su domicilio – no fue en busca del juego de video sino se dirigió al ropero desde donde extrajo un revólver calibre 22, una sola bala fue cargada, lo que siguió fue un macabro juego, el gatillo del arma sonó varias veces en el vacío hasta que la fatalidad se ensañó con Javier, dejando el proyectil alojado en su cabeza. Su agonía terminó poco tiempo después en el Sanatorio Delta de Rosario. Tenía toda una vida por delante, que fue truncada en una habitación sin adultos, sin testigos mayores, rodeada de un misterio que el poder y la conveniencia política se encargarían de sepultar bajo la pesada alfombra de una inducida amnesia.

¿Porque lo invitó a Javier a su casa si no eran amigos?, una pregunta que se convirtió en un dilema para la hermana de Javier, Silvina Romero, el cual todavía la asfixia a diario, como una sospecha metida bajo la piel que la deja a merced de un profundo vacío, sin siquiera concederle la piedad de una sola respuesta. Lo que debía ser una tarde de pasatiempos infantiles se transformó, en un instante irreversible, en una tragedia eterna.

“Para nosotros es un infierno, la mayoría cree que fue un accidente, porque se habló de lo que había pasado durante un par de meses y después siguió el olvido. Mis hermanos y yo hicimos una especie de pacto para no llorar delante de mi mamá, nos quedamos mudos y dejamos el camino allanado para que nadie supiera nada”, confiesa con el corazón en la mano Silvina, al recordar el hecho, con una voz quebrada que guarda en sí, una profunda y desgarradora pena.

Lo que dolió entonces y sigue doliendo hoy, a la par de la muerte misma, fue el entramado de frialdad y encubrimiento que se activó de inmediato. No hubo reconstrucción del hecho. No se practicó una autopsia. En una maniobra incomprensible para cualquier sentido de justicia, el certificado de defunción oficial consignó que el pequeño Javier había fallecido a causa de una “enfermedad”. ¿A pedido de quién se borró la bala responsable de su muerte de los registros públicos?, se pregunta sin descanso su hermana desde entonces. La impunidad civil se selló con premura; un pacto entre abogados llevó a la madre de Javier, María Cristina Mighetto, a firmar la renuncia a cualquier acción penal o civil futura y le aseguraron con malicia que su reclamo jamás prosperaría frente a un acta de defunción que hablaba de una patología clínica.

“Para nosotros es un infierno, la mayoría cree que fue un accidente, porque se habló de lo que había pasado durante un par de meses y después siguió el olvido. Mis hermanos y yo hicimos una especie de pacto para no llorar delante de mi mamá, nos quedamos mudos y dejamos el camino allanado para que nadie supiera nada”, confiesa con el corazón en la mano Silvina.

Con la indemnización recibida en ese juicio exprés oportunamente llevado adelante, la madre compró nueve nichos en el cementerio local. Uno para Javier; los otros ocho para el resto de la familia, anticipando el destino final de un hogar que quedó para siempre, devastado. Mientras tanto, la vida del responsable del hecho, continuó “como si nada” bajo un manto de protección comunitaria que minimizaba lo sucedido: una expulsión del colegio secundario al año siguiente fue edulcorada por los vecinos como una simple consecuencia de “travesuras en el aula”. El apellido Pullaro protegió el futuro del joven rebelde y confrontativo, mientras la memoria de Javier se desvanecía en la periferia de los recuerdos del pueblo mismo.

El certificado de defunción de Javier Romero donde consta como causa de la muerte: enfermedad

Décadas después, el destino político trajo la imagen de Maximiliano Pullaro a las pantallas de cada televisor de la provincia, transformado en gobernador, y para los Romero la vida se convirtió en un calvario interminable, al ver el rostro del mandatario de manera omnipresente, fue como reabrir, una y otra vez, una herida que nunca llegó a cicatrizar. Una vecina de manera inocente acercando una boleta electoral a la madre; una amiga felicitando a la familia porque el nuevo mandamás provincial era oriundo del mismo pueblo. Cada mención era una estocada fatal al corazón, un recordatorio de que la historia oficial pertenece a los que disponen el poder, mientras las víctimas, en soledad, tienen que cargar con el peso de los secretos compartidos en voz baja.

Paradójicamente, como insolente capricho del azar, el propio Pullaro se ha convertido con los años en un férreo defensor de la mano dura, del uso de armas y de la baja de la edad de imputabilidad, sosteniendo con firmeza que un menor de 13 o 14 años es plenamente consciente de sus actos y debe ser penalizado por ello. Toda una ironía no.., porque esa misma edad tenía él cuando gatilló el arma que terminó con la vida de Javier.

“Solo queremos que nos cuente su verdad, la que sea, porque nos dolió muchísimo la falta de solidaridad y empatía de la familia, nunca se acercaron tras el hecho, nadie nos dijo jamás ni una sola palabra, tampoco fueron capaces de visitarlo el poquito tiempo que estuvo internado. Después de tanto tiempo quisieramos aliviar el desconsuelo”

Silvina, mientras tanto, con el habla calma y el desasosiego a flor de cuerpo, junta fuerzas para hacer un llamado desde el corazón y no por revancha: “Solo queremos que nos cuente su verdad, la que sea, porque nos dolió muchísimo la falta de solidaridad y empatía de la familia, nunca se acercaron tras el hecho, nadie nos dijo jamás ni una sola palabra, tampoco fueron capaces de ir a visitarlo los pocos días que estuvo internado. Después de tanto tiempo quisieramos aliviar el desconsuelo”, expresa la hermana como si fueran tímidas líneas atravesadas por pesadumbre, y escritas dentro de un párrafo signado por una congoja que parece no tener fecha de vencimiento. Quizás ella solo persigue que se comprenda que la justicia no es una cuestión de leyes o de elecciones ganadas, sino de humanidad elemental. Javier Romero merece, al menos, el reconocimiento de la historia real.

Como si se tratara de un desordenado epílogo para un crudo relato de una “padeciente crónica”, las palabras de la familia Romero, traslucen en todo momento un sentimiento aciago, nostálgico y casi desolador, pero libre en todo momento de cualquier emoción de odio, dado que tal vez no buscan una condena tardía; sino simplemente, quieren poder sanar – de una vez por todas – el sufrimiento que atraviesa sus almas, porque inevitablemente se han dado cuenta que el dolor nunca prescribe, y dar vuelta la página de la tristeza que los embarga, les exige, de manera imprescindible e imperiosa, escribir primero… la verdad sobre ella.

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