Del éxito de los Juegos Suramericanos a la paradoja del “mandatario influencer”

“Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto” – Georg C. Lichtenberg, científico y escritor alemán.
“La banalización de la política empieza cuando la imagen del candidato importa más que sus ideas, y el marketing sustituye al debate”, sostenía Mario Vargas Llosa y en la Santa Fe contemporánea, esa advertencia ha dejado de ser un marco conceptual para convertirse en el manual de estilo diario de la Casa Gris. La reciente y fugaz reaparición de un posteo oficial en el Instagram del gobernador Maximiliano Pullaro —evaluando en tono coloquial el valor de un postre de arroz con leche, eliminado raudamente tras el murmullo digital— no fue un descuido aislado: fue el síntoma perfecto de una gestión que confunde, últimamente demasiado mucho, el compromiso de gobernar con la producción de contenido.
La permanente exposición del mandatario provincial en redes sociales bajo las dinámicas del influencer tradicional responde a una lógica calculada y diseñada para complacer algoritmos que premian el entretenimiento efímero por encima del análisis serio de la realidad, esta estrategia busca interpelar a segmentos electorales apáticos que no consumen periodismo formal.
Sin embargo, en un contexto signado por la severa crisis socioeconómica que atraviesa tanto al país como a la provincia (teniendo a Rosario como la capital nacional de la desocupación), la sobreexposición en formatos digitales roza casi la total falta de empatía con la gente que la está pasando mal. Cuando el impacto cosmético de una historia en Instagram sustituye la discusión sobre la solución de los problemas que atraviesan a diario los santafesinos, la percepción pública sobre las prioridades del Ejecutivo se distorsiona de forma inevitable.
Esta hiperpersonalización de la gestión del oficialismo somete la investidura gubernamental a las necesidades que persigue una marca personal. Al difuminar las fronteras entre los deberes del funcionario público y el creador de contenido, el gobernador no solo arriesga su autoridad simbólica frente a los demás poderes del Estado, sino que expone – inevitablemente- la investidura que carga a la satirización.

La disparidad de estilos quedó en evidencia durante el desarrollo de los Juegos Suramericanos, mientras la cita deportiva representa un éxito organizativo incontestable, el intento de apropiación del rédito político por parte del mandatario contrasta de forma notoria con la postura institucional adoptada por el intendente Pablo Javkin y por buena parte de la dirigencia del Partido Socialista, cuyos referentes prefirieron en todo momento mantener un perfil discreto durante el certamen. La emisión ininterrumpida de contenidos centrados en la misma figura termina por saturar a las audiencias no partidarias, transformando un logro colectivo en una campaña publicitaria personal encubierta.
El problema central de construir gobernabilidad a fuerza de “engagement” es que el rédito político es tan volátil como de corta duración. Una vez apagadas las luces del evento deportivo, la exagerada sobreexposición colectiva del mandatario, de la diputada nacional y ex vicegobernadora Gisela Scaglia y del Secretario de Gestión Institucional Federico Angelini, no hará más que catalizar las más disímiles suspicacias.
Tras el cierre del telón del evento deportivo, para el foco mediático independiente y la opinión pública en general, la crítica no quedará fijada en las medallas obtenidas por el país en la contienda, sino observarán meticulosamente las costuras del aparato de comunicación, debido al destino de las abultadas cajas de pauta publicitaria digital, el uso de personal oficial abocado a la generación de contenido de uso personal y la presencia de las múltiples “granjas” de cuentas falsas y bots destinadas a inflar hasta el absurdo, las métricas oficiales del gobierno.
“¿Cuándo laburan en sus ministerios? ¿Quiénes trabajaron en la gestión estos días?”, se preguntó con fastidio un importante dirigente político santafesino ante la consulta de este medio. La frase sintetiza el problema de fondo: cuando la política se transforma en un espectáculo diseñado para ganar likes y fidelización virtual, la gestión queda reducida a un mero entretenimiento. Mientras tanto, los problemas reales que padecen los santafesinos no se resuelven; simplemente quedan esperando detrás de la pantalla, a la espera de que el algoritmo decida cambiar de tema.
