Esperando a Tito: El peronismo santafesino entre grietas internas y la ilusión del retorno al poder

Hay relatos que trascienden el sentido original que les otorgó su autor: historias de fútbol, de vestuarios a medio iluminar, de botines atados con doble nudo y de un grupo de jóvenes que mira fijamente la entrada del potrero, esperando que aparezca la silueta del jugador que les salve la tarde.
En la literatura futbolera, esa escena cobró vida en el célebre cuento de Eduardo Sacheri: un equipo de barrio que junta fuerzas para disputar su partido más decisivo mientras aguarda, hasta el último minuto, al compañero que triunfó en las grandes ligas y regresa para llevarlos al éxito. La premisa resulta seductora cuando el destino inmediato deja de ser imposible y la victoria vuelve a ser, una promesa concreta.
El peronismo santafesino atraviesa hoy por una vigilia semejante. Más aún tras el reciente encuentro de la dirigencia justicialista de la Región Centro en el Centro Cultural Atlas, donde el espacio comenzó a dar las primeras puntadas para remendar un tejido partidario deshilachado —en gran medida por mala praxis propia— hasta perder parte de su esencia.
El diagnóstico compartido en las mesas de café de la rosca política provincial es tan unánime como pragmático: la unidad no es una consigna abstracta, sino el único camino para volver a ser competitivos de cara a 2027. Con un piso electoral histórico que oscila entre el 30% y el 35%, el PJ garantiza una base sólida; sin embargo, alcanzar el techo que asegure la victoria exige un armado colectivo donde todas las voces tengan peso real.

Mientras la cuenta regresiva avanza, sobre la cancha ya hacen trabajos precompetitivos nombres que piden pista para competir por la representación partidaria en las urnas. Figuras como Germán Martínez, Diego Giuliano, Marcelo Lewandowski, María de los Ángeles Sacnun, Roly Santacroce, Pablo Corsalini o un outsider como Federico Pucciariello asoman como protagonistas de este esquema en construcción.
Sin embargo, antes del pitazo inicial, en cada charla informal flota una pregunta con la misma incertidumbre con la que se mira el reloj: ¿será posible ordenar el vestuario para que las reglas de juego sean iguales para todos? Y, sobre todo, ¿aparecerá a tiempo el jugador distintivo que le permita al PJ ganar una elección?
A medida que el tiempo corre y la contienda se acerca, la espera —de no mediar gestos claros de la dirigencia— amenaza con convertirse en desazón. El gran desafío de esta reconstrucción es evitar que la sinergia quede trabada por vicios del pasado: los referentes partidarios que abogan por competir dentro de la estructura exigen un diálogo permanente, sin decisiones tomadas entre cuatro paredes ni digitadas por teléfono a la distancia.

Demandan ellos un terreno de juego sin exclusiones ni proscripciones, donde cada dirigente tenga voz y voto, y donde el debate sea una rutina democrática y no un recurso de urgencia para salir del paso ante la inminente confección de una lista.
El peronismo de Santa Fe sabe que tiene con qué dar pelea en 2027, pero no puede subordinar toda su estrategia al misterio de su presente. Las lealtades y el sentido de pertenencia deben refundarse con responsabilidad; para ello, la dirigencia necesita postergar egoísmos, y sobretodo, dejar atrás personalismos inconducentes.
Parafraseando a Sacheri, el PJ tendrá que entender que el partido decisivo ya empezó, que la campaña ya está en marcha y que la historia se cambiará jugando en equipo, con la pelota contra el piso y la mirada puesta en el futuro. Tal vez la fórmula del triunfo —a pesar de los viejos rencores de vestuario— siga siendo la misma: mirar de reojo por encima del tapial del potrero, esperando que al fin, entre a la cancha Tito.
