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Día Internacional de la Educación: Ni deserción ni baja calidad, sino adaptarse a la transformación tecnológica

El ritmo de transformación sin precedentes en la lógica laboral: inteligencia artificial, rediseño del trabajo, nuevas regulaciones, sostenibilidad y una rápida evolución de las demandas del talento, ya le quemó la cabeza a más de uno.

Harvard Business Review advirtió al respecto que se pasó de atravesar dos cambios organizacionales por año a más de diez, y ese aumento en la presión interna está acelerando un fenómeno crítico: la fatiga del cambio, de acuerdo al informe.

Las empresas que alinean cultura, prácticas y procesos como verdaderas “conexiones neuronales organizacionales” son, según se menciona en el último ebook de Olivia “Gestión del cambio, en la era de neuroplasticidad organizacional”, hasta 14 veces más propensas a tener éxito en sus transformaciones y reportan reducciones de hasta un 29% en la fatiga del cambio.

La clave competitiva de los próximos años no será la velocidad del cambio, sino la capacidad interna de adaptarse sin agotamiento ni fricción, plantea la consultora.

El cerebro es neuroplástico

El problema no reside en la incapacidad humana para adaptarse —el cerebro es neuroplástico por naturaleza— sino en que muchas organizaciones no están habilitando las condiciones para que esa capacidad se active a nivel colectivo

La consecuencia es clara: desconexión emocional, baja productividad y una reducción sostenida en el apoyo del talento a nuevas iniciativas.

“La neuroplasticidad existe en todas las personas; lo que falta es que las organizaciones creen las condiciones para que esa plasticidad se transforme en comportamiento colectivo”afirmó María Litvachkes, directora de Olivia. 

“El desafío ya no es limitarse a la implementación de proyectos, sino en entrenar a la empresa para aprender de manera continua. Esto requiere alinear cultura, hábitos y procesos que actúen como un sistema nervioso organizacional capaz de adaptarse sin agotamiento”, 

El nervio como insumo

El enfoque propuesto por la consultora se articula en tres ejes clave:

1. Alinear la cultura como el “córtex” de la organización.

El mindset colectivo determina cómo se perciben el riesgo, el aprendizaje y la incertidumbre. 

Sin un liderazgo que cultive seguridad psicológica y propósito compartido (Líder jardinero), cualquier cambio es percibido como una amenaza.

2. Instalar prácticas que funcionen como hábitos colectivos.

Feedback continuo, experimentación y aprendizajes iterativos generan “nuevas conexiones neuronales” que facilitan la adopción, reducen el estrés operativo y fortalecen la confianza en el equipo.

3. Ajustar procesos y estructuras para sostener la adaptación.

Cuando políticas, herramientas e incluso la IA se orientan a escalar estos hábitos, el cambio deja de depender de esfuerzos excepcionales y se vuelve parte del ADN organizacional.

“Necesitamos menos líderes arquitectos y más líderes jardineros. No se trata de diseñar estructuras rígidas, sino de crear entornos fértiles para que la neuroplasticidad florezca en toda la organización”, puntualizó la ejecutiva.

En un escenario donde los cambios se aceleran y la presión sobre los equipos aumenta, la conclusión es que las empresas que conviertan la neuroplasticidad en una metacompetencia interna no solo reducirán la fatiga, sino que lograrán una transformación sostenible y humana: “El futuro no pertenece a quienes atraviesan más cambios, sino a quienes activan la neuroplasticidad que transforma la fatiga en su mayor fortaleza”.

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