¿Unidad o imposición?: La encrucijada de un peronismo santafesino que rechaza los acuerdos de cúpulas y exige coherencia partidaria
En los últimos meses, el peronismo de Santa Fe parece haberse sumergido en un laboratorio de alquimia política, bajo el rótulo de un “espacio de unidad consolidado”, ciertos sectores del PJ intentan imponer las candidaturas de Diego Giuliano para la gobernación y Juan Monteverde para la intendencia de Rosario. Sin embargo, detrás de la foto partidaria y el discurso de la “transformación profunda”, late un malestar que amenaza con fracturar nuevamente las bases del espacio.
Para muchos militantes de larga data en el PJ, esta estrategia no es más que un síntoma de la parálisis dirigencial y como suele repetir un importante referente del peronismo en la provincia: “Si demoran en salir los buenos, los mediocres se creen buenos”, una sentencia que resume el hartazgo de una base que ve cómo, ante la falta de coraje para dar debates genuinos, se termina recurriendo a figuras cuya trayectoria y matriz ideológica resultan, como mínimo, ajenas a la doctrina justicialista.
La resistencia a este “eje de unidad” no es un capricho nostálgico, sino una cuestión de principios y coherencia política que muchos militantes y dirigentes ponen sobre la mesa cuando no olvidan que Diego Giuliano fue candidato del PRO, ese salto dado desde el riñón del macrismo hacia el corazón del Frente Renovador y ahora hacia la cima del PJ santafesino es visto como una muestra de oportunismo que poco tiene que ver con la lealtad doctrinaria. ¿Puede alguien que ayer defendió las banderas de la derecha liderar hoy un proceso de “recuperación de identidad” peronista?
Por otro lado, la figura de Juan Monteverde genera ruidos aún más estridentes, si bien, puertas adentro del espacio, se reconoce su trabajo territorial, su pertenencia a Ciudad Futura lo coloca en una posición extraña. Para el peronismo tradicional, Monteverde no representa los principios, los dogmas ni la ideología que forjaron al movimiento, su estética y su discurso, más cercanos a una izquierda universitaria y progresista, chocan con la sensibilidad de un PJ que se siente desplazado por un “entrismo”, casi de laboratorio.
El argumento de la conducción es que Santa Fe necesita una “vigorosa fuerza electoral” para enfrentar la “caída en desgracia electoral” del actual gobierno provincial, al que acusan también de ser cómplice del ajuste nacional, pero la pregunta que surge desde las entrañas del partido es punzante: ¿Se puede combatir la ruina de los sectores medios y trabajadores con candidatos que quizás no logran sintetizar el sentir del trabajador peronista?
El riesgo de esta jugada es que, en el afán de “ampliar” las bases del frente del partido hacia otros sectores de la sociedad, se termine vaciando de contenido al propio peronismo. La unidad es un valor perentorio, es cierto, pero no puede ser un cheque en blanco para que actores digitados a dedo o puestos en la cancha a base de operaciones mediáticas se terminen haciendo cargo de la representatividad del espacio en las urnas.
En la encrucijada histórica que se encuentra el peronismo de Santa Fe, debería de manera urgente recordar que la verdadera fortaleza del espacio no debe nacer de acuerdos cosméticos de ocasión, sino, del abrazo sincero entre los propios dirigentes y militantes de la fuerza. Es tiempo para el PJ de volver a las bases y recuperar la esencia de aquel mandato que lo define y protege frente a cualquier intento de desnaturalización: porque, al final del camino, como decía Perón: “para un peronista no habrá nada mejor que otro peronista”, y solo desde esa fraternidad indisoluble podrá reconstruir el destino de grandeza que la historia partidaria, con desesperación, hace un buen tiempo reclama.
