Pullaro y la fábula del pastorcito: entre la ambición nacional y el sueño de una “ancha avenida” que nunca llega
Hay una vieja historia que todos conocemos: la del pastorcito que, aburrido de cuidar ovejas, gritaba “¡Viene el lobo!” para ver a los aldeanos correr desesperados. El truco funcionó un par de veces, hasta que la gente se hartó de la broma, cuando el lobo apareció de verdad, los gritos del joven se perdieron en el viento de la indiferencia. Moraleja: “la falta de honestidad destruye la confianza y en política eso resulta ser, fatal”.
En el tablero político santafesino, el gobernador Maximiliano Pullaro parece haber adoptado el rol de ese pastorcito, aunque con un guion adaptado a los tiempos de la posverdad, ya que desde los micrófonos de los medios santafesinos ha comenzado a instalar una narrativa épica: la necesidad de una “alternativa nacional” para 2027 que jubile al peronismo y detenga el avance de Milei.
Lo curioso —o trágico, según como se mire el cristal de los hechos— es el contraste entre la ambición del “pastorcito” y el tamaño de sus ovejas. Mientras el gobernador se deshace en sentencias sobre el fin de ciclo del kirchnerismo y vaticina techos electorales para el resto del mundo (dice que el peronismo no pasará los 20 puntos y Milei los 35), los propios números de la fuerza que integra tampoco ilusionan demasiado como para andar sacando chapa de candidato al título.
Según la última encuesta de QSocial de hace unos días, Pullaro tiene un peso específico a nivel nacional del 2%. Sí, leyó bien, solo dos puntos. En la tabla de posiciones de la oposición, está por debajo de “Schiaretti, de Ignacio Torres y hasta de los “No Sabe/No Contesta”. Guarismos que en situaciones dignas del sentido común no alcanzaría para animarse a dar lecciones de supervivencia a un peronismo que, aun en sus horas más bajas, cuenta con un poder de fuego considerable.
El mandatario necesita sembrar esperanza fuera de Santa Fe porque en el patio de su casa las cosas se pusieron bastante feas. Sus últimas actuaciones electorales dejaron en evidencia una caída que es, literalmente, un hito: perdió el 38% de su capital de votos en tan solo dos años de gestión. Una “cucarda” digna de los anales del libro Guinness. Quizás por eso, el gobernador busca consuelo en las encuestas nacionales, allí, lamentablemente para sus pretensiones, Provincias Unidas, muestra el techo más bajo de la política argentina (apenas un 5%) y enfrenta el rechazo más alto: un demoledor 65%. Más del 60% de los consultados afirma directamente que jamás lo elegiría.
Ni el estrepitoso fracaso del nobel armado de los gobernadores de la Región Centro en las legislativas de octubre de 2025 parece haberle bajado la espuma del protagonismo. En aquel entonces, el experimento nacional de la “nueva marca” electoral terminó en un naufragio que dejó a Pullaro erosionado y bastante solo. Pero el “pastorcito” insiste y ahora dice que la nueva fuerza es “con todos los que quieran defender la industria y la producción”, e incluso le abre la puerta a Mauricio Macri, otrora es intimo socio de tropelías del actual presidente. No aclares que oscurece, reza el refrán.
Resulta casi una ironía deliciosa ver al dirigente que no puede retener los votos en su propia provincia pretende armar un frente nacional para “resolver los problemas de la gente”. Pullaro sigue gritando que viene el lobo del populismo o el lobo de la motosierra, esperando que los aldeanos (votantes) corran frenéticamente a su auxilio. El problema es que, entre la pérdida de apoyo interno y la insignificancia estadística que muestra Provincias Unidas, el gobernador corre el riesgo de quedarse- nuevamente- gritando solo en el medio del campo. Porque, al final del día, la política no se hace con deseos, sino con votos; y ante la evidente ausencia de capital electoral que hoy ostenta, cualquier vaticinio que se profese suena más a una expresión de deseo que a un análisis serio.
En definitiva, Pullaro de tanto jugar al equilibrismo místico de la política quizás el destino inmediato lo encontrará no como el arquitecto de una nueva Argentina, sino como aquel pastorcito de la fábula que, de tanto anunciar el fin de mundos ajenos, termina viendo cómo el lobo del olvido se ocupa de devorar – sin piedad alguna – sus propias ambiciones…
