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Massacre y Catupecu Machu sellaron un “mágico pacto de rock” en una noche histórica para el Bioceres Arena

El aire de marzo en Rosario tiene ese “no sé qué” que anticipa las grandes citas, desde temprano, las inmediaciones del Bioceres Arena empezaron a teñirse de negro. Remeras de skate, barbas canosas conviviendo con pibes que recién descubren el pogo, y ese murmullo eléctrico que solo se siente cuando dos instituciones del rock nacional bajan a la Chicago argentina. No era un recital más de las “Noches del Lunario”; era la confirmación de que la mística rosarina está más viva que nunca.

Puntual, a las 21:30, Massacre tomó el control del escenario, con Wallas como el maestro de ceremonias de lo absurdo y lo sublime, la banda desplegó esa pared de sonido que los hace únicos. Arrancaron anunciando que la noche sería histórica, y no mintieron, sonaron los himnos del skate rock que ya son parte del ADN local: desde la psicodelia de “La Octava Maravilla” hasta la urgencia de “Nuevo día”.

Hubo momentos de altísima sensibilidad con “Tanto amor” y el delirio colectivo cuando sonó “La Reina de Marte”. El sonido del Bioceres, impecable y potente, permitió apreciar cada matiz de la guitarra del Tordo Mondello, mientras la gente se acomodaba en un espacio que, hay que decirlo, destaca por su organización y comodidad, permitiendo que todas las generaciones disfrutaran sin que tuvieran que soportar, apretones innecesarios.

Tras un breve intervalo para recargar energías y comentar las primeras impresiones, a las 23:30 se apagaron las luces para recibir al huracán: un vendaval llamado Catupecu Machu. Fernando Ruiz Díaz apareció con esa energía kinética que lo caracteriza, conectando instantáneamente con el público rosarino.

El repertorio de temas, fue una biografía sonora que cacheteó a los presentes de entrada. “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”, desató el primer gran pogo de la noche, seguido por la elegancia de “Magia Veneno” y la intensidad de “Entero o a Pedazos”, la banda sonó ajustada, visceral, como si cada show fuera el último.

Pero el pico emocional, ese que te hace erizar la piel, llegó cuando Fer invitó al escenario a Wallas y al Tordo Mondello y juntos interpretaron “Plan B: Anhelo de Satisfacción”, el tema original de Massacre que Catupecu hizo propio hace años. Ver a esas dos potencias fundirse en un abrazo musical fue el regalo que todos, inconscientemente, fueron a buscar. La comunión entre los músicos y el público fue casi total.

Para el final, como no podía ser de otra manera, la explosión llegó con “Dale”, sus estrofas dejaron las gargantas secas y el espíritu lleno. El Bioceres Arena quedó vibrando mucho después de que se prendieran las luces generales. La multitud a la salida del recital se fue caminando con la sensación de haber sido testigos de una de esas noches que se contarán por años. Rosario tuvo su particular misa rockera y, una vez más, demostró que cuando el volumen sube y la propuesta es atractiva, la ciudad responde con su corazón musical en la mano.

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