OpiniónSociedad

El rugido de la vulgaridad como liturgia del poder

Por Lisandro Prieto Femenía

“La verdad no teme al diálogo; quien la practica no necesita el insulto para sostenerse” (Cortina, A., 1994, Ética mínima: para la vida cotidiana, p. 27).

La política posmoderna exhibe en nuestros días un fenómeno cuyo significado histórico exige una disección rigurosa, extensa y crítica: la conversión de la comunicación pública en un espectáculo sistemático de la ofensa. No se trata de un exabrupto accidental, un rasgo de personalidad o una simple falta de decoro, sino que esta transformación revela una mutación ontológica en la conducción del Estado y en la percepción de las instituciones públicas. Al sustituir el argumento por la injuria y el debate por la descalificación procaz, se ha instaurado una práctica política que instrumentaliza la vulgaridad como una técnica deliberada de dominación. Este recurso tampoco es azaroso, sino que responde a las demandas de una sociedad totalmente rota que, en su hastío institucional y fatiga democrática, ha dejado de valorar la sensatez para premiar la contestación reactiva. El espacio de lo común se convierte así en un territorio de guerra simbólica donde la verdad es el primer sacrificio en el altar de una eficacia política medida en términos de impacto emocional y mediático.

Observamos la materialización de este diagnóstico en la apertura del 144| período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación Argentina, un evento que funcionó como el escenario predilecto para la exhibición de esta nueva liturgia. Allí, la palabra presidencial no buscó la articulación de un proyecto colectivo ni la convocatoria a la unidad nacional, sino la demolición moral y existencial de un adversario que está bastante flojo de papeles. Al calificar a los representantes legislativos y gobernadores como “ladrones”, “estafadores”, “asesinos” o “golpistas”, y referirse al propio recinto parlamentario como un “nido de ratas”, el orador desplaza la política desde la administración de la complejidad hacia la estética de la crueldad rentable en términos de márketing político. En este escenario, la vulgaridad funciona como un activo político de alta rentabilidad porque en un tejido social fragmentado por el resentimiento y la anomia, el insulto es decodificado- falsamente- como un signo de “coraje”, “transparencia” y “autenticidad”. Se valora la capacidad de infligir daño simbólico al “otro” por sobre la solvencia para gestionar la cosa pública, transformando la violencia retórica en el único combustible de una legitimidad que ya no se construye mediante el consenso deliberativo, sino a través del show de la degradación institucional.

Para comprender la naturaleza hiperreal de este fenómeno patético, Jean Baudrillard ofrece una perspectiva desoladora pero precisa sobre la disolución de “lo político”. Lo que presenciamos en el estrado no es política en el sentido clásico de la gestión de lo común, sino su simulacro, es decir, una puesta en escena donde el grito y el insulto sustituyen a la acción real. Baudrillard sostiene que hemos entrado en una fase donde el signo ya no representa una realidad, sino que la precede y la constituye, en lo que él denomina la “precesión de los simulacros”. En este sentido, el berrinche presidencial es una “obscenidad” en términos baudrillardianos: la exposición total y cruda de lo que debería permanecer en la esfera de lo privado (el odio, el impulso ciego, el exabrupto) para saturar el espacio público hasta volverlo irrespirable. Asimismo, el autor afirma con contundencia que “lo obsceno es lo que pone fin a toda mirada, a toda imagen, a toda representación. No es lo que se oculta, sino lo que se exhibe con demasiada proximidad, lo que no deja lugar a la escena” (Baudrillard, J., 1978, Cultura y simulacro, p. 74). Al llamar “ratas” a los legisladores, se rompe la escena política de la representación- basada en el respeto a la investidura y la alteridad- y se instala la obscenidad de un poder que sólo sabe mostrarse a través del impacto violento, anulando cualquier profundidad deliberativa y dejando al ciudadano en un estado de fascinación hipnótica ante el desastre.

Esta puesta en escena del agravio revela, fundamentalmente, una profunda infantilización de la política. Un presidente que se expresa a través de arrebatos de enojo perpetuo, los gritos y los insultos- gestos propios de la etapa pulsional del desarrollo- no es más que la metáfora de una inmadurez sistémica en la que está embebida una sociedad que ha abandonado el ejercicio del pensar.  Neil Postman, en su análisis sobre la degradación del discurso público, advertía que cuando la política se convierte en una extensión del espectáculo, el contenido desaparece en favor del impacto visual y emocional primario. Puntualmente, nos dice que “cuando un pueblo se confunde con una audiencia y sus asuntos públicos en un vodevil, entonces la nación está en peligro; la cultura muere porque la gente no sabe de qué se ríe ni por qué ha dejado de pensar” (Postman, N., 1991, Divertirse hasta morir, p. 161). Pues bien, en la actualidad, el grito presidencial es el aplauso que reclama una sociedad minorizada que prefiere la gratificación inmediata de la ofensa- el “berrinche” que castiga al enemigo- antes que el esfuerzo laborioso, lento y racional de la argumentación crítica. La madurez política, que implica reconocer la complejidad y la legitimidad del disenso, ha sido canjeada por una catarsis adolescente que confunde la agresión con la fortaleza.

A este escenario se suma un abismal quiebre generacional, moral y político que fractura la experiencia compartida de la realidad. Mientras la juventud del siglo XXI, criada en la inmediatez de las redes y la lógica del trolling, parece haber asimilado estas expresiones como formas legítimas de “disrupción” o “rebeldía” contra un sistema percibido caduco, quienes hemos habitado este mundo por más de tres décadas asistimos a esta naturalización con una complejidad que raya la angustia. No se trata de una resistencia conservadora al cambio, sino de una incomprensión de fondo ante la caída de los diques éticos del lenguaje. Para Baudrillard, ésta es la era de la “disolución de lo social”, donde los vínculos se vuelven transparentes, gélidos y puramente operativos e instrumentales. La violencia verbal ya no causa escándalo porque se ha convertido en una “hiperrealidad” mediática donde el dolor del otro no se siente como real. También, según Zygmunt Bauman, esta desconexión produce una fractura política donde “la comunicación electrónica permite que la agresión fluya sin el freno que antes imponía el reconocimiento del rostro del otro” (Bauman, Z., 2005, Ética posmoderna, p. 184). Esta perplejidad ante la violencia naturalizada nos deja inmovilizados: la sensación de no entender nada no es falta de inteligencia, sino la orfandad de no reconocer ya los códigos éticos de la sensatez que sostenían la convivencia mínima.

Complementariamente, para Hannah Arendt, esta degradación es el fin de la política como espacio de aparición y libertad. Si el lenguaje se reduce a insultos y descalificaciones zoológicas, la pluralidad humana desaparece bajo el peso de la etiqueta estigmatizante. Arendt sostuvo que la política es el ámbito donde los sujetos, a través del habla, revelan quiénes son en su singularidad. Cuando el discurso pierde su función persuasiva y se convierte en fusilamiento simbólico, la acción política se empobrece. Como ella misma señala, “dondequiera que la relevancia del discurso se halle en juego, la cuestión se convierte en política por definición, pues es el discurso lo que hace del hombre un ser político” (Arendt, H., 1996, La condición humana, p. 179). Así, el discurso que animaliza al opositor bajo el rótulo de “ratas” o “parásitos” atenta contra la propia posibilidad de la acción humana, reduciendo la pólis en un desierto de odio donde sólo impera el monólogo de un soberano que ha renunciado a la palabra para abrazar el rugido.

Pierre Bourdieu refuerza la precitada lectura al explicar el concepto de “violencia simbólica”, esa forma de dominación que arranca sumisiones a través de creencias socialmente inculcadas y categorías de percepción impuestas desde el poder.  La vulgaridad organizada no es un desborde emocional, sino una forma de acumulación de capital simbólico que impone una visión del mundo donde el pensamiento es tildado, inmediatamente de complicidad. El autor explica que “la violencia simbólica es esa violencia que arranca sumisiones que ni siquiera se perciben como tales apoyándose en unas expectativas colectivas, en unas creencias socialmente inculcadas” (Bourdieu, P., 1996, Sobre la televisión, p. 22). En la Argentina del año 2026, esta técnica se manifiesta como una liturgia de odio que consolida un poder que ya no requiere de la persuasión, sino de la claudicación del interlocutor ante la fuerza del estigma masivo.

A este análisis añadimos también la perspectiva de Byung-Chul Han sobre la “infocracia” y la crisis de la verdad. Han sostiene que el régimen de información digital ha destruido la estabilidad de lo real, permitiendo que el afecto y la indignación sustituyan al juicio reflexivo. En una sociedad rota, la vulgaridad es el vehículo perfecto para la viralización del odio, porque “la crisis de la verdad es ante todo una crisis de la comunidad. La verdad es un lazo social. Se basa en una praxis comunicativa. Hoy, la verdad se desintegra en información, en noticias que se consumen y se desechan” (Han, B-C., 2022, Infocracia, p. 34). Esta desintegración es la que hace que los recursos discursivos decadentes y violentos sean rentables, puesto que ya no importa la veracidad de la acusación (“asesinos”, “golpistas”), importa que impacto emocional sea total y que mantenga a la audiencia en un estado de movilización permanente contra el fantasma del enemigo.

Esta mutación del lenguaje político socava los fundamentos de la democracia deliberativa de Jürgen Habermas. Para él, la legitimidad sólo puede emanar de un proceso de entendimiento mutuo basado en pretensiones de validez compartidas. Cuando la comunicación se rige por la injuria proferida desde la magistratura nacional, se rompe el “mundo de la vida” y se coloniza la palabra mediante el poder instrumental. Habermas nos advierte que “el concepto de acción comunicativa presupone el lenguaje como un medio de entendimiento sin más, en el que los hablantes y oyentes se refieren, desde el horizonte de su mundo de la vida, simultáneamente a algo en el mundo objetivo, en el mundo social y en el mundo subjetivo” (Habermas, J., 1981, Teoría de la acción comunicativa, p. 45). El rugido del insulto fractura este horizonte común, reemplazando la búsqueda del acuerdo por una imposición que desprecia tanto la investidura de las instituciones como la lógica mínima de la sensatez.

En este contexto de orfandad discursiva y parálisis moral, la ética pública reclama una respuesta que no puede ser un mero decoro burgués o un formalismo vacío. Justamente por ello, Adela Cortina subraya la necesidad de una “razón cordial” que reconozca la dignidad del otro como un sujeto con razones válidas, incluso en el conflicto más enconado. La normalización de la injuria produce un empobrecimiento del lenguaje cívico que imposibilita la construcción de políticas justas, ya que “el insulto desactiva la posibilidad de comprender y, por tanto, de construir políticas justas” (Cortina, A., 1994, Ética mínima, p. 121). La cortesía política es, en rigor, la última salvaguarda de la paz social frente a la barbarie de la descalificación totalizadora.

Finalmente, queridos lectores, nos queda decir que esta decadencia nos sitúa ante una encrucijada que es tanto política como ontológica. Si aceptamos que la esfera pública sea el escenario donde triunfa quien más y mejor humilla porque “dice las cosas de frente”, habremos claudicado ante una forma de barbarie que prefiere el impacto del grito frente a la solidez de la verdad. La perplejidad que nos causa la violencia sistematizada es la señal de que algo fundamental en nuestra civilización se ha roto definitivamente.

A partir de lo precedentemente expuesto, cabe plantearnos las siguientes interrogantes para la reflexión. ¿Es posible sostener un sistema democrático cuando la palabra ha sido despojada de su función comunicativa y reducida a un proyectil de odio? ¿Hasta qué punto la fascinación por el “líder enojado” oculta una renuncia colectiva a la responsabilidad de pensar la complejidad del presente? ¿Cómo vamos a reconstruir el respeto y la sensatez en una sociedad que ha encontrado en la vulgaridad una forma de entretenimiento y en la humillación ajena una forma de justicia? ¿Estamos ante el fin de la política como diálogo para entrar en una era de simulacros de furia que sólo encubren nuestra incapacidad de imaginar un futuro común? ¿Cómo habitamos, en definitiva, la angustia de un mundo donde el respeto ya no es un código compartido, sino el residuo de una civilización que se desvanece ante el grito del berrinche soberano?

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