El gobernador en su laberinto: De la “mimetización al ocaso de credibilidad electoral”

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. La frase de José de San Martín no solo es una sentencia histórica; hoy funciona como un diagnóstico preciso para analizar el presente de la política santafesina.
Maximiliano Pullaro y Javier Milei son, a su manera, contemporáneos del poder. Desde el minuto uno de su gestión, el mandatario santafesino ensayó una coreografía de mimetización con el líder libertario. Plantó el déficit cero como una bandera innegociable y adoptó el manual del conflicto permanente con los gremios estatales y docentes. Incluso en el plano comunicacional, Pullaro intentó replicar el blindaje mediático que el economista goza en Buenos Aires, buscando en los grandes medios de la provincia el “paraguas” que “silencie las disidencias”.
El problema de querer parecerse tanto al original es que, en política, las copias suelen pagar el costo de la falta de autenticidad. Pullaro impuso un gobierno de rienda corta, un círculo áulico cerrado donde nadie se sale del libreto. Sin embargo, el inconveniente estratégico es estructural: Unidos y La Libertad Avanza deben pescar votos en la misma pecera. Esa necesidad de disputar el mismo electorado terminó siendo un búmeran.

Al intentar despegarse de la figura presidencial durante el 2025, el gobernador santafesino se encontró con una realidad incómoda: de tanto imitarlo, terminó siendo casi lo mismo para el ojo del votante. Los 38 puntos perdidos en el acompañamiento popular no son un error de cálculo; son el sonido de las alarmas de una estructura que empieza a crujir, donde los electores eligieron – para combatir al kirchnerismo – asegurar su voto apostando a la “primera marca” en la góndola de las urnas.
Ante la sangría de votos padecida, la estrategia oficialista ha recurrido a una receta clásica pero últimamente muy desgastada: la publicación de encuestas (como las de C y G Comunicaciones o Trendsdata) que intentaron inyectar optimismo con “números interesantes” sobre una supuesta nueva empatía de los santafesinos hacia la figura del gobernador de turno.
Pero en la política, como en el fútbol, cuando un dirigente necesita que salgan a revalidar su liderazgo públicamente, es porque ese poder está, como se dice en la jerga de la calle, “flojo de papeles”. Es la analogía del director técnico: cuando el presidente del club sale a ratificarlo en el cargo tras una racha de derrotas, es porque el despido es casi inminente.
La realidad se palpa fuera de las planillas de Excel. El quiebre con la sociedad santafesina tiene nombres y apellidos: Docentes y estatales con un conflicto paritario que ha desgastado la confianza. Jubilados y policías siendo estos sectores los que también sienten el rigor de un ajuste sin sensibilidad y el raído bolsillo del ciudadano de a pie de la provincia, quién sufre las tarifas de luz y agua con valores siderales que asfixian impiadosamente su economía doméstica.

Los escraches, como el sufrido en el Festival de Barrancas, y los reclamos cara a cara que se volvieron una moneda corriente entre los trabajadores estatales y el mandatario, marcan un peligroso punto de no retorno. La credibilidad, una vez que se pierde, es el activo más difícil de recuperar en la política. El gran temor que recorre los pasillos de la gestión del Ejecutivo provincial es si el tiempo que resta para las generales alcanza para revertir la caída o si, por el contrario, estamos ante la escritura de los capítulos finales de una derrota anunciada, similar a lo ocurrido con la gestión anterior de gobierno.
El electorado de la provincia parece haberle “picado el boleto” al ex ministro de Seguridad. Sin un hecho épico que altere el tablero a su favor, el camino hacia 2027 se perfila como una transición hacia lo inevitable. Pullaro ha caído – para su propio pesar – en el pecado capital de la política mencionado por el Libertador: “la soberbia”, aquellos que se embriagan con las mieles del poder suelen “olvidar que el encanto es pasajero” y que, al final de cuentas, la realidad siempre termina imponiéndose sobre el relato, por más “números amigables de imagen positiva” que se pretendan instalar…
