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El “Efecto Ormuz”: Cómo la escalada entre Irán e Israel sacude los costos logísticos y reconfigura el comercio exterior argentino

La escalada bélica en Medio Oriente, marcada por el bloqueo intermitente del estratégico Estrecho de Ormuz y los ataques cruzados entre Irán e Israel, ha desatado un shock energético y logístico de proporciones históricas. Con el precio del barril de petróleo superando la barrera de los US$110 y acumulando un alza del 51,3% desde fines de febrero, el comercio exterior global enfrenta un escenario de fletes más caros, tiempos de tránsito extendidos y cadenas de suministro dislocadas. En este contexto de turbulencia internacional, Argentina se encuentra ante un complejo tablero de doble filo: por un lado, sufre el impacto directo de la inflación logística en su matriz productiva; por el otro, asoman oportunidades estratégicas ineludibles vinculadas a Vaca Muerta y la relocalización de proveedores.

El conflicto geopolítico ha paralizado una arteria vital para la economía mundial. Por el Estrecho de Ormuz transita aproximadamente el 20% del petróleo global, lo que convierte cualquier alteración en esa ruta en un sismo inmediato para los mercados. Ante la amenaza de ataques a buques comerciales y petroleros, las principales navieras internacionales han optado por suspender operaciones o desviar sus rutas. Esta decisión operativa no solo añade semanas de demora a los tiempos de tránsito, sino que ha disparado los costos de los seguros marítimos por “riesgo de guerra” y ha encarecido los fletes internacionales entre un 30% y un 50%.

El impacto más severo de esta disrupción recae sobre el mercado energético, desencadenando el mayor shock de oferta en décadas. El salto abrupto en la cotización del crudo Brent se ha trasladado de forma inmediata a los costos de transporte en todas sus modalidades: marítimo, aéreo y terrestre. Los fletes de carga aérea general han experimentado incrementos de hasta un 95% en rutas específicas durante el primer bimestre del conflicto. Este encarecimiento generalizado de la logística frena el dinamismo de las importaciones en múltiples economías, genera faltantes de insumos industriales críticos y alimenta un riesgo palpable de recesión global, escenario donde los países emergentes resultan ser los más vulnerables frente a la eventual salida de capitales.

El impacto local: La presión sobre el campo y los importadores

Aunque Argentina se encuentra geográficamente distante del Golfo Pérsico, el conflicto impacta de lleno en su economía. El principal vector de contagio es el aumento de los costos logísticos internacionales, que golpea directamente a los importadores de bienes de capital, insumos electrónicos y a las complejas cadenas de suministro industriales. Los fletes de importación y exportación más caros erosionan la competitividad del país en los mercados externos y encarecen los productos importados en el mercado interno.

En este complejo escenario de comercio exterior, la opinión de los expertos logísticos resulta clave. Gabriel Salomón, director comercial de Jidoka —empresa especializada en logística y comercio exterior—, advierte que el comercio internacional está atravesando una “transformación estructural”. Según el especialista, en el actual panorama global y local, la rentabilidad ya no reside únicamente en la capacidad operativa de “traer mercadería”, sino en una evaluación precisa de los costos y una adaptación ágil a los cambios normativos y geopolíticos.

A nivel doméstico, la presión inflacionaria importada se hace sentir con fuerza. El aumento del petróleo internacional impulsó el precio de los combustibles en los surtidores locales. A pesar de las medidas de contención implementadas por el Gobierno nacional, la nafta y el gasoil acumulan un aumento promedio del 25% en las últimas semanas. Por primera vez, el litro de combustible súper superó la barrera de los $2000 en gran parte del país.

Este incremento del gasoil, insumo crítico para la actividad agropecuaria, ya está alterando la ecuación económica de la cosecha gruesa en marcha. Según estimaciones del sector, el combustible representa alrededor del 15% del costo de cosecha y un tercio del costo del transporte automotor de cargas. Con las subas recientes, el encarecimiento del gasoil implica un aumento estimado del 3,3% en los costos de cosecha y eleva entre un 6% y un 7% los fletes agrícolas. “En un país donde la distancia a los puertos define buena parte de la competitividad, el conflicto externo vuelve a poner a la logística en el centro de la escena”, alerta Salomón.

La distancia a las terminales portuarias se consolida como un factor crítico. Para un productor ubicado a 300 kilómetros del puerto, la incidencia del flete en el valor final de la tonelada de soja subió del 11% al 12%, mientras que en el maíz trepó del 20% al 21%.

Adicionalmente, el campo enfrenta otro frente de tormenta: los fertilizantes. La urea, un derivado del gas fundamental para la producción de trigo, experimentó un aumento superior al 42% en el mercado local. Argentina importa entre un 30% y un 40% de este insumo clave desde la región del Golfo Pérsico, y se estima que cerca del 35% del volumen importado transita precisamente por el conflictivo Estrecho de Ormuz. Esta suba de costos amenaza con incrementar entre un 9,5% y un 11% el costo de producción de la próxima campaña triguera.

Por otra parte, el deterioro del balance energético nacional representa un riesgo macroeconómico latente. Si bien Argentina avanza hacia el autoabastecimiento, aún requiere importar energía en picos de demanda estacional. Con los precios internacionales en alza, estas importaciones exigen una mayor salida de divisas, sumando presión sobre el mercado cambiario local.

Recomendaciones estratégicas para importadores

Frente a este escenario de alta volatilidad y aumento de fletes, desde Jidoka subrayan que el negocio de importación ha dejado de ser “una apuesta a ciegas para convertirse en un proceso de planificación técnica y plantean recomendaciones específicas para las empresas importadoras argentinas que buscan mantener su rentabilidad:

1.Evitar la saturación del mercado: Uno de los errores más comunes es dejarse seducir por productos de moda con alto volumen de ventas. La estrategia actual requiere apuntar a nichos específicos y resolver problemas concretos de demanda, en lugar de copiar modelos de negocio ya saturados.

2.Explorar nuevos orígenes: Ante la disrupción de rutas tradicionales y el encarecimiento de los fletes desde ciertos polos, Salomón recomienda mirar más allá de China. Países como India, Vietnam y Tailandia emergen como alternativas competitivas para diversificar el riesgo logístico.

3.Aprovechar la previsibilidad normativa: Es fundamental utilizar herramientas legales y aduaneras, como el dictamen anticipado, para diseñar planes de negocios basados en datos reales y costos transparentes, evitando sorpresas en la rentabilidad final.

4.Capitalizar el arbitraje geopolítico: Las tensiones globales generan cambios en los flujos comerciales. Los importadores más ágiles pueden aprovechar estos movimientos para encontrar ventajas competitivas temporales frente a empresas más estáticas.

Paradójicamente, la crisis global también configura un escenario de oportunidades estratégicas para Argentina. La inestabilidad en Medio Oriente ha acelerado la necesidad global de diversificar las fuentes de suministro energético, otorgándole un valor geopolítico incalculable a Vaca Muerta. El desarrollo del yacimiento no convencional en Neuquén, que viene impulsando récords de producción petrolera a nivel nacional, se posiciona como un activo clave frente a la demanda internacional. Las obras de infraestructura en curso, como las proyectadas en las costas patagónicas del golfo San Matías para la exportación de gas y crudo, cobran una relevancia fundamental. Aunque el sector requiere inversiones estimadas en USD 22.000 millones para sostener el salto exportador, los actuales precios internacionales de la energía ofrecen un incentivo inmejorable para atraer esos capitales y consolidar a Argentina como un proveedor energético confiable a nivel global.

Asimismo, la energía cara a nivel global históricamente empuja al alza los precios de los commodities agrícolas. Si bien los costos internos de producción y logística han aumentado, la eventual mejora en los precios internacionales de exportación de granos y derivados podría compensar parcialmente el impacto negativo en la rentabilidad del sector agroexportador.

Finalmente, la disrupción de las cadenas de suministro marítimas potencia la tendencia global del nearshoring (relocalización de cadenas productivas). Las empresas multinacionales, buscando mitigar los riesgos de depender de proveedores lejanos y rutas vulnerables, miran cada vez más hacia América Latina. Este fenómeno abre una ventana de oportunidad concreta para que las pymes argentinas se integren como proveedoras regionales más seguras y cercanas a los grandes centros de consumo del continente.

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