El conflicto policial en Rosario interpeló fuertemente el rol de los medios: “El periodismo es libre o es una farsa”

La célebre frase “El periodismo es libre o es una farsa”, atribuida al periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh, establece que no existen puntos medios en la práctica periodística. Para Walsh, el periodismo debe ser un compromiso honesto con la verdad y la denuncia, sin doblegarse ante el poder, de lo contrario, se convierte en una simulación. Cuando el periodismo pierde su autonomía y pasa a ser una herramienta de propaganda, se transforma en una farsa.
La escalada del conflicto policial en la Jefatura rosarina no solamente generó un sacudón en los cimientos del gobierno provincial, sino, interpeló fuertemente el rol de los medios en la provincia, por como trataron el hecho, blindando totalmente lo que sucedía en la fuerza policial por el reclamo de mejores salarios y condiciones de trabajo, minimizando su efecto o directamente haciendo desaparecer el tema.
La célebre sentencia de Rodolfo Walsh resuena hoy con una vigencia demasiado incómoda y a la vez, se pasea desorientada por los pasillos de muchas redacciones de medios santafesinos: “El periodismo es libre o es una farsa”. Para el autor de Operación Masacre, la práctica periodística no admite para nada los grises; es un compromiso innegociable con la verdad o es una simulación que se dobla ante los altares del poder de turno. En el reciente conflicto policial que sacudió la Jefatura rosarina, lo que vimos fue, lamentablemente, más farsa que libertad de prensa.

La escalada del reclamo de la fuerza policial, no solo hizo crujir los cimientos del gobierno provincial, sino que desnudó una estructura de blindaje mediático pocas veces vista. Mientras los uniformados y sus familias clamaban por ser escuchados, gran parte del ecosistema de medios locales optó por la invisibilidad, minimizando hasta el absurdo los hechos o, directamente, borrándolos de la agenda.
En un contexto de crisis económica brutal, la “zanahoria” de la pauta oficial se ha convertido en el control remoto con el cual los oficialismos direccionan el destino de las editoriales. “Si no hay empatía con la gente, esta se fabrica desde los medios”, confió un sociólogo rosarino a este medio, frase que nos permite abordar de mejor manera el análisis. La pauta ya no solo sirve para informar actos de gobierno, sino para “comprar silencios” y para fabricar una “realidad” que solo existe en los “dispuestos teclados” que dan forma a las publinotas.
Resulta paradójico —y vergonzoso a la vez para el periodismo doméstico— que hayan tenido que ser los medios de Buenos Aires quienes otorgaron visibilidad al conflicto de la policía. Fue la presión de la prensa nacional la que obligó al Ministro de Seguridad y al Gobernador a salir de su letargo y dar respuestas.

Esta desconexión instalada, quedó sellada a fuego en el asfalto y por esa razón fue moneda corriente escuchar a familiares de policías agradecer a los movileros porteños su espertise profesional, mientras rechazaban de “mala manera” a los cronistas locales. El grito de “nos soltaron la mano” no fue hacia el gobierno, sino hacia los “grandes medios de la provincia”. El desprestigio llegó al punto de la expulsión física de móviles locales en el lugar de la protesta, un síntoma inequívoco de que la credibilidad, se ha roto.
Mientras algunos profesionales (los menos) intentan resistir como Quijotes contra los “molinos de viento” que representan la lapicera y la billetera del poder, la sociedad ha encontrado sus propios atajos, las redes sociales y medios alternativos han permitido saltar los tapiales del blindaje, democratizando la información. La sociedad declaró en las últimas horas su contundente rechazo a la “evangelización” mediática y de paso claramente advirtió que las tapas rimbombantes y las entrevistas complacientes ya no convencen; al contrario, generan una reacción alérgica en una audiencia que se siente cada vez más, subestimada.
El conflicto policial dejará seguramente cicatrices en la gestión provincial y un costo político inevitable en el futuro inmediato. Pero el daño colateral más grave lo sufre el tejido social, debido al quiebre de confianza entre el ciudadano y el comunicador. Como bien señaló un operador político a esta página web oportunamente: “En política nadie tiene la vaca atada, los votos van y vienen”, el último acto electoral en la provincia fue la prueba de fuego: la billetera no mató al galán. Si el periodismo santafesino no recupera su necesaria autonomía y deja de ser una herramienta de propaganda política, seguirá condenado a ser esa farsa de la que hablaba Walsh, observando desde la ventana “cómo la gente buscará la verdad en otra parte”…..
