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El clásico rosarino: Un manual de lo imposible para los que no nacieron acá

Por Sergio Alcázar

Hay cosas que no se explican con estadísticas, ni con tácticas, ni con el último refuerzo que llegó sobre el cierre del libro de pases. El clásico de Rosario no es un partido de fútbol; es un estado de la conciencia, un ADN que se hereda y una herida que nunca termina de cerrar porque la revancha siempre está a la vuelta de la esquina.

¿Cómo intentar explicarte para que me entiendas? Si el clásico es, ante todo, el mejor recuerdo de la infancia, es ese patio repleto de macetas y los gritos de la vieja, desesperada, para que el festejo de un gol de Obberti o de Kempes no terminara de dar por tierra con el destino de las plantas.

Es difícil hacerle entender a una madre que para un pibe rosarino no existe nada más importante que Central o Newell’s, que Newell’s o Central. Tenemos metida hasta la médula esa increíble paradoja de amores y odios por una camiseta que nos define antes de que aprendamos a hablar.

El clásico es, también, aquel beso de primaria robado a escondidas en un recreo; una mañana de lunes con el corazón latiendo descontrolado por ese motín de sensaciones que provoca la llegada del primer amor, porque el fútbol acá se siente igual que el amor: duele, quema y apasiona.

“Cuanto pagaría para que entiendas la bronca que nos daba perder en el metegol cuando se defendían a muerte los colores”

Esta rivalidad tiene ese inconfundible sabor de tristezas y alegrías, un gusto añejo, macerado en el tiempo a fuerza de momentos de gloria y de amargura, es un sueño hecho realidad durante mil noches de potrero, entre taquitos y rabonas imaginarias. “Cuanto pagaría para que entiendas la bronca que nos daba perder en el metegol cuando se defendían a muerte los colores, buscando la humillación del eterno rival para quedarnos con las chirolas de los mandados entre cargadas, remolinos y goles en la tronera.

Si nunca estuviste dispuesto a reírte del rival por una victoria sobre la hora, o a padecer el sufrimiento del destierro doloroso por una derrota, no podés entenderlo. Si jamás flameaste las banderas de la venganza sabiendo que el fútbol siempre te da la dulce esperanza de una revancha, Rosario te es ajena.

Estamos a las puertas de un nuevo capítulo. De un lado, el incesante peregrinar de hinchas canallas hacia el estadio; del otro, los simpatizantes de la lepra sumergidos a su manera en un manojo furioso de emociones. En el clásico van de la mano las banderas, las cábalas y esa pasión incontenible. Si no naciste en esta ciudad, o si al menos no quedaste atrapado en el influjo de su magia… ¿Cómo explicarte? Es muy difícil. Es, casi, un imposible que me entiendas…

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