Cuando las estadísticas están de luto: espejismos de paz en tierra de sicarios
En política, no hay nada más peligroso que enamorarse de la propia estadística, el gobernador Maximiliano Pullaro ha pasado las últimas semanas de este 2026 enfrentando micrófonos y cámaras de televisión con un gráfico de barras bajo el brazo. Su narrativa es clara y, en apariencia, contundente: Santa Fe ha registrado los índices de homicidios más bajos en un cuarto de siglo. “Pasamos de ser la provincia más violenta a una de las más seguras”, llegó a afirmar hace apenas unos días, pero, sin embargo, la realidad de Rosario tiene una forma cruel de perforar los discursos de oficina; esta vez, el proyectil de un sicario terminó con la vida de un bebé de 15 meses y toda arenga positivista termina yéndose por un retrete.
El asesinato de un niño no es un dato más en la bitácora de gestión del Ministerio de Justicia y Seguridad; es el evento que expone la fragilidad estructural de un plan que parece priorizar la “gestión del síntoma” sobre el control real del territorio. La administración Pullaro ha cometido el simple error de confundir la baja frecuencia de los crímenes con la baja de la intensidad de la violencia. Que haya menos muertos no significa que las bandas narcos hayan perdido el poder de elegir quién muere y cuándo, el sicariato, que un bebé haya sido una involuntaria y triste víctima de la violencia enquistada en la zona sur de Rosario, también deja mensaje…un mal mensaje….
Cuando el gobernador proclama que la provincia es “una de las más tranquilas del país”, no solo peca de optimismo, sino que genera una brecha de empatía con el ciudadano que todavía camina – en algunos barrios del conurbano rosarino – con el miedo pegado a los talones. Para la familia de un niño asesinado, y para los vecinos que escuchan las ráfagas de las balas, las conferencias de prensa sobre “mínimos históricos” suenan a una desconexión irritante, casi provocadora.
Muchos analistas picaros empezarán a elucubrar teorías sobre si este crimen puede llegar a ser un “cisne negro” de la gestión Pullaro, siempre un evento imprevisible cambia el humor social de la noche a la mañana, pero hay que ser puntillosamente honestos: en Santa Fe, la muerte de inocentes a manos de bandas narco no es acto imprevisible, es la consecuencia lógica de un sistema donde el Estado ha recuperado parte de la calle, pero aún no ha logrado desmantelar la logística del terror que se gesta en las sombras.
El verdadero riesgo para el mandatario santafesino no es el evento en sí, sino la pérdida de la credibilidad de su palabra tras hacerse público tamaño hecho trágico. Si el gobernador insiste en que la provincia es “segura” mientras el accionar del sicariato cruza la línea roja de la infancia, su discurso deja de ser una descripción de la realidad para convertirse en una sutil herramienta de marketing político.
La gestión provincial debe entender que las estadísticas son fotos del pasado, pero la seguridad es una sensación del presente, no se puede construir una imagen de “orden” sobre cimientos tan porosos que coexisten con un aceitado blindaje mediático que los maquilla.
La muerte de un bebé de tan solo 15 meses debería ser el punto final de la etapa de brindis por los números bajos, es hora de que el gobierno santafesino abandone el triunfalismo de las cifras favorables y reconozca que, mientras el sicariato tenga la impunidad para gatillar la palabra “seguridad” seguirá siendo un objeto suntuario que la provincia no se puede permitir. La crítica a Pullaro no pasa por la inseguridad en sí, sino por la desconexión entre su narrativa de éxito y el llanto de la sociedad santafesina que en estado de shock atraviesa el duelo por la muerte de una criatura inocente…
