Federico González, candidato a presidente de la Argentina, y el club de los “si yo hubiera”
A un año de haber sido el primero en lanzar su candidatura presidencial, crónica de la entrevista que Gustavo Idoyaga le hizo en Impulsos, contada por alguien que lo conoce demasiado bien
Hay noches en que el pasado no viene de visita. Viene a cobrar. Trae una larga lista, escrita con la letra de los tantos seres que alguna vez hemos sido: la palabra que no dijimos, el viaje que no hicimos, la puerta que no golpeamos. Nada pesa tanto como lo que pudo ocurrir y no nos animamos a que ocurriera.
Al otro, a González, es a quien le ocurren las cosas. Que Borges me perdone la paráfrasis, pero no encontré mejor puerta de entrada. En «Borges y yo», esa página brevísima de El hacedor, publicada en 1960, el escritor separa al hombre que camina por Buenos Aires y se demora mirando un zaguán del Borges público, el de los libros y las ternas de profesores, el nombre que le llega por correo. Uno vive; el otro se va quedando con todo. La página termina con una duda que no se resuelve: ya no sabe cuál de los dos la está escribiendo.
Esa página me vino a la memoria cuando me senté a ver, en diferido y con el café enfriándose, la entrevista que Gustavo Idoyaga le hizo a Federico González el martes 3 de noviembre en Impulsos, el programa de Canal P que conducen juntos. Conviene aclarar algo de entrada: verse en una pantalla no es asomarse al estanque de Narciso. El mito griego cuenta que aquel joven se enamoró de su propio reflejo y se consumió contemplándolo. La pantalla produce casi lo contrario. Una incomodidad leve, una extrañeza. Uno reconoce la voz, los gestos, las muletillas, y sin embargo ese que habla no termina de ser uno. Una vez que uno dijo lo que dijo, en algún sentido ya es otro. Las palabras quedaron allá, grabadas, con vida propia, y ya no le pertenecen del todo a quien las pronunció.
De allí la decisión que organiza esta crónica. Así como Gustavo invitó a Federico González a su programa, quien escribe estas líneas lo invita a este artículo como lo que fue esa tarde: Federico González, candidato a presidente. La teoría literaria distingue entre el yo que narra y el yo narrado. En toda autobiografía hay un hombre que escribe hoy y un personaje que vivió ayer, y entre ambos media una distancia que ninguna sinceridad alcanza a abolir. Esa es la paradoja que intento habitar. El entrevistado es otro, pero es el otro de mi propio yo narrador. Y tampoco yo sé cuál de los dos escribe esta crónica.
Programa atípico
El programa empezó torcido, que es la mejor manera de empezar algo. Gustavo estaba atrapado en el tránsito porteño, en una de esas tardes que hacen pensar en Un día de furia. Así que González abrió solo, con un monólogo que no estaba previsto. Cuando Gustavo llegó, dio vuelta el tablero: hoy no iba a ser colega, iba a ser entrevistador, y avisó a la audiencia que no habría complacencia. Cumplió. Pisó, interrumpió, apuró, volvió a preguntar. Hizo lo que hacen los buenos periodistas: incomodar con cariño.
Palabras actos
El monólogo arrancó por el principio. El 5 de noviembre de 2025, Federico iba en el auto rumbo al programa de Diego Dillenberger, La hora de Maquiavelo, y lo asaltó una ocurrencia: decirle a Diego que era candidato a presidente. La idea lo acompañó todo el trayecto, pero adentro suyo nada estaba decidido. Era apenas eso, una ocurrencia, de las tantas que la mente se permite en un semáforo y abandona en el siguiente.
Llegó al estudio, se sentó con Diego a conversar sobre el programa que estaban por hacer, y entonces ocurrió. Como si algo subiera desde lo más hondo de su ser sin pedir permiso, se escuchó decir que tenía una noticia bomba: «Soy candidato a presidente». La respuesta fue la previsible, la que cualquier amigo sensato hubiera dado: «¿Presidente de qué?». De la Argentina. Fue Federico quien redobló la apuesta: «¿Querés que lo diga al aire?». Diego asintió. Y lo dijo. Esta vez, lo que pudo ocurrir ocurrió.
Lo notable es el orden de los factores. No decidió y después lo dijo. Lo dijo, y al decirlo, decidió. En Impulsos explicó por qué ese instante le cambió la vida: porque ya lo había dicho.
El filósofo británico John L. Austin nos invita a pensar, en Cómo hacer cosas con palabras, que no todo enunciado describe el mundo; algunos lo modifican. Los llamó realizativos o performativos. Quien dice «sí, quiero» ante un juez no está informando sobre su estado civil: lo está cambiando. Quien dice «prometo» no relata una promesa: la contrae. Decir «soy candidato» pertenece a esa familia. No describe una intención; crea una obligación. Desde ese día, cada silencio sería una deserción. Acaso por eso, también, el que habla en la pantalla ya es otro: lo transformaron sus propias palabras.
Cuatro relámpagos
Gustavo quiso saber por qué. González ofreció cuatro razones, y las cuatro tenían forma de frase escuchada a tiempo.
La primera es una sentencia que él atribuye a un personaje de Borges: de lo único que un hombre no se arrepiente es de haber sido valiente.
La segunda le llegó de su director de beca en el CONICET, el doctor Horacio Rimoldi, que un día lo vio dando vueltas sobre un dilema, en esa rumiación que no llega a ser hamletiana pero se le parece, y lo despachó con un consejo de una economía admirable: si usted tiene algo que decir, vaya y dígalo, y déjese de vueltas. El término que usó Rimoldi fue bastante menos académico.
La tercera vino de muy lejos, de la adolescencia, de la primera entrevista laboral de su vida en Bestline, aquella pionera de la venta piramidal en la Argentina. El negocio era dudoso; la frase del instructor, en cambio, era oro. Hay un momento para hacer las cosas, dijo, y si uno no las hace en ese momento, algún día descubre que pasó a formar parte del club de los «si yo hubiera».
Si aquella tarde me hubiera animado. Si a aquella chica le hubiera dicho lo que sentía. Si hubiera hecho ese viaje, si hubiera avanzado con ese emprendimiento, si hubiera sido un poco menos pecho frío. El club no tiene cuota de ingreso. Se entra solo, sin darse cuenta, por omisión. Y una vez adentro, la membresía es vitalicia.
En el programa, Federico recordó un texto intimista que escribió hace tiempo, Cuchillos en la noche, y nombró la tríada clínica que los psicólogos conocemos bien: la apatía, donde nada interesa; la abulia, donde la voluntad no arranca; la anhedonia, donde nada da placer.
Pero dijo algo más fino: que el autorreproche es peor que las tres, porque es la acusación íntima de haber sido el arquitecto de la propia derrota. Uno puede perdonarle muchas cosas al destino. Lo que no se perdona es haber tenido la oportunidad en la mano y haberla dejado caer. «No quiero formar parte de ese club», dijo. «Y si ya formo parte por alguna arrugada del pasado, de algo estoy seguro: ya no hay más lugar para ninguna arrugada nueva. Ni esta ni ninguna otra». Lo que quedó flotando en el estudio fue una certeza más amplia que la candidatura misma: le puso candado, y para siempre, a las puertas de ese club inclemente.
La cuarta razón llegó del cine, y tiene la forma de una epifanía involuntaria. En Dos hermanos, la película de Daniel Burman, el personaje de Antonio Gasalla participa de una puesta de Edipo rey. La noche del estreno, el actor que interpreta a Edipo se niega a salir a escena, y a él le toca cubrir el hueco. Improvisa. Improvisa para hacer tiempo, dice lo que le sale, y el público, que no se da cuenta del imprevisto, se ríe, lo acompaña y celebra el monólogo improvisado como si fuera parte de la obra.
Cuando Edipo por fin reaparece, atina a decir lo que dicta el oficio: bueno, Edipo ya volvió, entonces yo vuelvo a mi parlamento. Pero en ese mismo instante algo se le revela. Ahora que descubrió sus propias palabras, ya nunca más va a decir las de otros.
A Fede le pasó algo parecido. Durante décadas fue el analista que comentaba la obra desde la platea, el consultor que les escribía la letra a otros. Hasta que un día se encontró en el escenario diciendo sus propias palabras. Y ya no hubo vuelta al libreto ajeno.
Adolescencia prolongada
Después vino el diagnóstico. Federico recuerda que, de niño y de adolescente, escuchó más de una vez que la Argentina era un país subdesarrollado o, con más elegancia diplomática, un país en vías de desarrollo. La fórmula tenía algo de promesa ferroviaria: estábamos sobre las vías, el tren avanzaba, la estación era cuestión de tiempo. Pero conforme pasaban los años, esa meta fue quedando cada vez más lejos. Hubo intentos fallidos, falsas alarmas, despegues anunciados que nunca despegaron. Cada década trajo su «esta vez sí», y cada «esta vez sí» se transformó pronto en un «esta vez tampoco». Jorge Asís, novelista, cronista y analista político, suele resumirlo con su ironía de siempre: en la Argentina todo termina mal. Acaso no sea una ley de la naturaleza. Pero se le parece demasiado.
Para explicar ese estancamiento, González eligió en el programa una metáfora que vale la pena retener. La palabra subdesarrollo parecía técnica, pero era psicológica: subdesarrollado es el que no terminó de madurar, el que no alcanzó la plenitud de sus potencialidades. Trasladado a la biografía, es el adolescente crónico. «¿Qué edad tiene el chico?». «Treinta». A esa altura ya no es un chico: es un grandulón que se hace el distraído para pasarla bien. La Argentina, sugirió, es eso. Un país que se sigue presentando como promesa a una edad en la que ya debería rendir cuentas.
De allí que la verdadera antinomia argentina, la que ordena todas las demás, no sea entre izquierda y derecha ni entre los nombres propios de turno, sino entre pobreza y desarrollo. O nos convertimos en un país desarrollado o nos resignamos a seguir siendo un país pobre que se cuenta a sí mismo lo rico que podría ser.
Borges solía recordar una sentencia del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge: todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Los platónicos sienten que las ideas, las clases, los géneros son realidades; los aristotélicos, que son apenas generalizaciones útiles de la mente. Y Borges agregaba que esa querella atraviesa los siglos cambiando de nombre y de idioma, pero nunca de fondo.
Acaso la Argentina haya terminado viviendo su propia antinomia de un modo parecido, como una fatalidad de nacimiento, como si viniéramos al mundo condenados a ser pobres o predestinados a ser ricos. González se interroga en este punto, y la respuesta que se da es tajante: en rigor, no hay ningún lugar donde esté escrito que debamos ser pobres o ricos. Esa decisión emana de la más pura libertad.
Y aquí no hace falta pedirle licencia a Milei. Al contrario, conviene denunciar que sus libertades declamadas son apenas fantoches de la verdadera Libertad, la ontológica y existencial, es decir, la que concierne al ser mismo y no solo al mercado: la libertad de darnos un ser. Una libertad que vale tanto para el individuo como para ese ser colectivo y social que llamamos nación.
La idea es de Jean-Paul Sartre, y González la explica con una sencillez que la vuelve inapelable. Para Sartre, en el ser humano la existencia precede a la esencia. Un cortapapeles, decía, primero es concebido por el artesano y después fabricado: su esencia, su para qué, está definida antes de que exista. El hombre, en cambio, primero existe, aparece en el mundo, y solo después se define por lo que hace. No hay una naturaleza humana escrita de antemano, ni un destino, ni un dios que nos haya diseñado para algo. El hombre no es otra cosa que lo que él hace de sí mismo. Trasladado a una nación, el razonamiento es demoledor: la Argentina no está condenada a nada. Es lo que decida hacer de sí misma.
Ahí González rescata la sentencia que se le atribuye a San Martín, y la lee en clave positiva, no como amenaza sino como mandato: serás lo que debas ser, y si no, no serás nada. Vale para él, que a esta altura de la vida decidió ser lo que siente que debe ser. Y vale para la Argentina, que lleva inscripto en su potencial, no en su destino, el deber de ser un país desarrollado. Lo que debemos ser no es una profecía. Es una tarea.
El candidato terminó confesando, además, que fue desarrollista antes de saberlo. Citó a Molière, a ese burgués gentilhombre que un día descubre, maravillado, que lleva más de cuarenta años hablando en prosa sin tener la menor idea de lo que era la prosa. Algunas identidades no se eligen: se reconocen.
Humanismo desarrollista
Aquí el monólogo tomó su vuelo más alto. El desarrollismo, admitió, suele aparecer con cara de tecnocracia: planillas, cuentas fiscales, equilibrio, el número que cierra. Todo eso es condición necesaria. Pero no suficiente. Los números siempre refieren a algo, tienen un referente, y ese referente es un ser humano que sufre o que puede ser feliz.
Volvió entonces a Sartre. En 1945, en una conferencia parisina que se volvió célebre, el filósofo salió a responder a quienes acusaban al existencialismo de ser una doctrina de la desesperación. Sostuvo que era, por el contrario, un humanismo, y González explicó por qué: porque pone al hombre en el centro y lo hace plenamente responsable. Si no hay destino ni naturaleza que nos excusen, cada uno responde por lo que hace de sí mismo. Y al elegirse a sí mismo, decía Sartre, cada uno elige también una imagen del hombre tal como cree que debe ser; elige, de algún modo, por todos. Con esa misma lógica, Fede sentenció que el desarrollismo es un humanismo. Es decir: está al servicio de la gente, y no la gente al servicio de la planilla.
Entonces apareció Mar del Plata. El niño que fue en tiempos de Frondizi, la ciudad pujante del boom de la construcción, los astilleros, los laboratorios, la sensación de que el país estaba yendo hacia algún lado. «No fue», dijo, con dos palabras que pesan como un expediente cerrado. Y agregó la frase que quizás sea el corazón de toda la candidatura: si no te duele la Argentina, no podés ser presidente.
Hubo después un diálogo implícito con Alfonsín. Aquel «con la democracia se come, se cura y se educa» fue una promesa necesaria en un tiempo difícil. Federico la corrigió sin desmentirla: la democracia es la condición necesaria; el desarrollo es el motor que convierte esa condición en realidad. Lo que está en juego, al final, es algo tan modesto y tan inmenso como lo que los norteamericanos inscribieron en su Declaración de Independencia: la búsqueda de la felicidad. O, en versión argentina y más austera, que la gente sufra un poco menos.
Audacia bifronte
Gustavo arrancó sin anestesia, poniendo en boca de otros lo que muchos piensan. Algunos, dijo, le preguntarían sin vueltas: ¿qué te pasa, te la creíste, man? Otros, más indulgentes, lo verían simplemente como una audacia irreflexiva, una quimera adolescente. Y quiso saber qué cuota de audacia hace falta para lanzarse a una candidatura presidencial y, sobre todo, para sostenerla un año entero, aguantando los chubascos de las críticas y las burlas.
Federico acusó recibo de la provocación con una sonrisa: «Te viniste afilado». Y su respuesta fue una pieza de ironía clínica. La audacia es como el colesterol: hay del bueno y del malo. En un contexto es temeridad, negación, locura. En otro es la conjunción de pasión e inteligencia. Aristóteles distinguía entre lo que existe en potencia, como el roble que duerme en la bellota, y lo que existe en acto, el roble ya erguido. Audacia, en esta lectura, es ver una posibilidad y tener el impulso de pasarla al acto.
Gustavo insistió con la regla que los analistas repiten como si fuera una ley de la física: no hay lugar para los outsiders. El candidato respondió que justamente por eso se lanzó, porque se cansó de los lugares sentenciosos del análisis político. Esas sentencias son abstractas. Que haya o no lugar depende de quiénes sean los outsiders. Y prefirió no ocultar que se considera uno de los que tienen chances.
El sueño argentino
Entonces Gustavo hizo la pregunta más simple y por lo tanto la más difícil: ¿qué Argentina soñás? La respuesta fue sobria. No una Argentina que nade en la abundancia, sino una donde a ningún argentino le falte lo básico. Una Argentina con una porción grande de ciudadanos que crean valor. Fede aclaró que nunca fue peronista, ni tampoco socialista, ni liberal, ni de ningún otro carnet. Pero eso no le impide reconocer la mucha virtud que abunda a lo largo y a lo ancho del espectro y de las diversidades políticas. Como, por ejemplo, aquella austera sentencia del Perón de los setenta: todo argentino debe producir por lo menos lo que consume. Y le agregó una coda de su cosecha: si produce algo más, mejor.
Se habla mucho del sueño americano. El sueño argentino, recordó, fue el de nuestros abuelos, que llegaron a este puerto a hacerse la América. La tarea de esta generación es convencer a los jóvenes de que, además de ganar Mundiales, hay un desafío existencial que nos convoca a todos: hacer la gran Argentina. Que la gloria no puede quedar reservada a once muchachos en una cancha.
Inteligencia doble
Cuando la conversación llegó a la inteligencia artificial, Federico se iluminó. «A mi juego me llamaste», dijo. No es un nativo digital, nació en 1957, pero se definió como un nativo intelectual de la IA. El término fue acuñado en 1956 por John McCarthy para un encuentro científico en Dartmouth; él lo descubrió en 1973, en un libro que la refería sin nombrarla, y desde entonces la estuvo esperando. Atravesó con ella lo que los especialistas llaman los inviernos de la inteligencia artificial, esas décadas en las que prometía y no cumplía. Hasta que empezó a cumplir.
De esa larga espera nació una propuesta en dos planos. El primero es geopolítico: la Argentina no puede no tener una apuesta propia en esta materia, aunque seamos chicos. Tenemos que jugar a ser grandes.
El segundo plano es el del gobierno. Hay que gobernar con inteligencia natural, con un equipo de personas inteligentes y sensibles, pero también con inteligencia artificial. ¿Cómo se hace eso? Aquí Fede dejó caer una idea que merece desarrollarse. Además del think tank humano, habrá un think tank paralelo de agentes de IA que validen cada propuesta, que hagan de abogado del diablo, que la desarmen y la mejoren.
Para darle método a ese contrapunto, se inspira en el método Delphi, desarrollado por la RAND Corporation en los años cincuenta para la prospectiva científico-tecnológica, esa disciplina que intenta pensar sistemáticamente el futuro para traerlo al presente y planificarlo. El método es elegante. Se consulta a un panel de expertos, por ejemplo, en qué año creen que llegará la superinteligencia artificial. Se calcula la mediana y la dispersión de las respuestas, se les devuelve esa distribución a los propios expertos y se les pregunta si quieren corregir su estimación a la luz de lo que dijeron sus colegas. Ronda tras ronda, el juicio colectivo se refina.
La propuesta de González es sumar a esos expertos humanos un coro de agentes artificiales que deliberen, se corrijan unos a otros y converjan hacia la mejor respuesta posible. ¿Para qué problemas? Fede no se anda con chiquitas: nada menos que la lucha contra la inflación. O la lucha contra la pobreza.
Actitud, equipo, financiamiento
Gustavo apretó donde duele: ideas hermosas, ¿pero quién te acompaña, quién te financia, quién te banca? La respuesta llegó en tres ejes. Actitud, primero. William James, el padre de la psicología norteamericana, sostenía que no hace falta cambiar la mente para cambiar la conducta: basta con empezar a actuar como si uno ya tuviera la cualidad buscada, y la mente termina alcanzando al cuerpo. Si querés ser presidente, empezá a comportarte como tal. Fede confesó que se lo aplicó a sí mismo y que funciona.
Equipo, segundo: un buen líder es, ante todo, un buen selector de quienes lo van a acompañar.
Financiamiento, tercero: la etapa actual es la del fundraising, el arte de recaudar fondos. La palabra inglesa nombra algo más que pasar la gorra. Es una disciplina que consiste en identificar a quienes pueden compartir una causa, construir con ellos un vínculo de confianza y convertir esa afinidad en un apoyo concreto. En política, subrayó, tiene que ser clara, transparente e inteligente. Y dejó picando una frase: ya hay primeros resultados.
Del cuentapropista al empresario
Gustavo citó la sentencia que se le atribuye a Napoleón, según la cual en la mochila de cualquier soldado se esconde el bastón de un mariscal, y preguntó por los jóvenes que se reciben y piensan en irse. González definió a la juventud como un manojo de impulsos en busca de un norte. Y a continuación disparó lo que llamó una provocación operativa salvaje.
Conviene explicar el recurso. Edward de Bono, el psicólogo maltés que inventó la noción de pensamiento lateral, propuso la provocación operativa como una herramienta deliberada: un enunciado que se sabe exagerado o incluso falso, lanzado no para ser creído sino para sacar al pensamiento de sus carriles habituales. Su valor no está en ser verdad, sino en lo que permite ver.
La provocación fue esta: aquella juventud de los setenta que jugaba a la pelota con él y a los tres meses hablaba de tomar las armas, si hubiera vivido en 2023, habría sido libertaria. Porque lo que importa no es el contenido, sino la energía disponible, y la energía siempre busca un cauce. Al que le ofrezca a los jóvenes un norte que les permita autorrealizarse, la vieja consigna del Mayo Francés, la imaginación al poder, los jóvenes le van a responder.
De allí su crítica a Milei, que tiene más de diagnóstico que de reproche. Cada joven vio en él algo distinto. Algunos vieron solo al estudiante rebelde de quinto año del Nacional. No tanto el que se le planta al rector, aunque también, sino el de la joda intensa y burlona: el quilombo tribunero, la cargada al profesor, las cubiertas pinchadas del auto del que los bochó, la joda por la joda misma. Milei los habilitó en eso.
Fede lo recuerda bien. En su propio quinto año del Nacional, los pibes cantaban «Suenan los pitos, suenan los bombos, somos de quinto y hacemos quilombo». Por eso hoy les habla a esos jóvenes con la franqueza de quien estuvo ahí: hubo un malentendido. La fiesta terminó. El viaje de egresados ya pasó, y Bariloche no vuelve.
Pero no los invita a la sensatez gris de los adultos resignados, sino a otra cosa, a una locura madura y constructiva. El papa Francisco les pidió a los jóvenes, en Río de Janeiro en 2013, que hicieran lío. Federico retoma el pedido y le agrega un adjetivo: lío constructivo. La locura de la creatividad, la imaginación hacedora, la de los que no se conforman con burlarse del mundo y se animan a transformarlo. Desde ahí los mira: no como una hinchada a la que hay que encender, sino como los adultos que ya son.
Volvamos a los que se ilusionaron con Milei. Otros vieron en él la ilusión irreflexiva de pasar mágicamente a nadar en dólares, con la promesa implícita de que el poder adquisitivo del salario iba a crecer de manera ostensible. Otros, en cambio, vieron en él un permiso, casi un salvoconducto, para sus vocaciones emprendedoras y empresarias. No todos, pero no pocos: son los jóvenes que quieren, o que podrían soñar, ser emprendedores, crear una startup, hacer un pequeño Silicon Valley criollo. A ellos Milei les repitió la fórmula tradicional: no te voy a regalar el pescado, te voy a enseñar a pescar. Y agregó: te voy a enseñar a montar la fábrica de pescado. No cumplió ni una cosa ni la otra.
¿Qué quieren ser esos jóvenes? Pequeños empresarios. Terminan siendo cuentapropistas porque nadie les enseñó qué significa ser empresario, y nadie se los enseñó porque la escuela no lo enseña. Ahí se inserta la Revolución Educativa 5.0. Y para cerrar la idea, el candidato sacó del arcón un recuerdo: un libro de lectura escolar de los años cincuenta que había en su casa, con títulos que hoy suenan entrañables, como «Vos también tendrás tu libreta cívica» o «Cuando me ponga los pantalones largos». Parafraseándolo, Fede propone un mensaje para los jóvenes con vocación emprendedora: «Vos también tendrás (podrás tener) tu propia empresa».
Burbujas propias
En otro orden de cosas, Gustavo planteó la fractura política que todos nombran con una palabra que prefiero no repetir: cada canal confirma lo que su audiencia ya piensa. Fede le puso nombre técnico, el sesgo de confirmación, esa tendencia a buscar, recordar y creer solo la información que ratifica lo que ya creemos, y lo tradujo al refranero: Dios los cría y ellos se juntan. Burbujas que se dan manija a sí mismas.
Pero Fede le devolvió la pregunta con una paradoja. A veces, sugirió, la polarización está más en la mirada acrítica de los analistas que en la realidad misma. Los que diagnostican burbujas viven, ellos también, dentro de una: la que les impide ver la evidencia cercana. Milei, en su momento, trascendió la polarización. En 2022 todos decían que la elección sería entre los dos de siempre, y apareció un tercero. Después se alimentó de la polarización, pero primero la perforó.
La lección es de liderazgo: el verdadero líder no se encuadra en nada existente; crea su propio «ismo».
Y González se permitió una confesión que, según admitió, podía sonar jactanciosa: lo que él piensa no lo piensa ninguno de los demás, outsiders o no. Y tiene algo que a muchos les falta: un proyecto de país escrito. Donde otros ofrecen balbuceos de lo que podría ser, él ofrece un auténtico proyecto de país plasmado en un libro. Y dejó picando, al pasar, algo más. Si el verdadero líder crea su propio «ismo», acaso González esté pergeñando el suyo. Un fedegonzalismo en ciernes, quién te dice.
Causa formal
Llegó entonces la pregunta del cómo. Construir una fuerza política competitiva. El candidato citó a Alberto Levy, viejo maestro del marketing estratégico, y su fórmula de tres tiempos: fácil de decir, difícil de hacer, hay que hacerlo. Quiso desplegar las cuatro causas de Aristóteles, la material, la formal, la eficiente y la final, es decir, de qué está hecha una cosa, qué forma la define, qué la produce y para qué existe. Gustavo, implacable, le concedió solo una. La formal: hace falta un partido que avale la candidatura. No hubo tiempo de fundar uno propio, pero hay cinco partidos en busca de un candidato, un título que Pirandello hubiera aprobado. Sobre esa base se monta la red territorial, sin la cual no hay candidatura posible. Eso tiene que estar resuelto en marzo de 2027, y va a estarlo. Porque el desarrollismo es federal o no es nada.
Cantores cansados
La pregunta más filosa llegó en la mitad del programa. Todos los que llegaron a presidentes prometían resolverlo todo y después, en el terreno, la promesa no resistió. ¿No hay en tu candidatura ego, soberbia, canchereada?
González distinguió dos niveles. Primero, la realidad es intrínsecamente compleja: aunque se reúna a los mejores talentos del mundo, la realidad juega, con sus hechos físicos, sus hechos sociales, su geopolítica y sus personas de carne y hueso. Pero hay un segundo nivel, y para nombrarlo recurrió a José Hernández, que en el Martín Fierro dejó la radiografía de una enfermedad nacional:
Yo he visto muchos cantores,
con famas bien obtenidas,
y que después de alquiridas
no las quieren sustentar:
parece que sin largar
se cansaron en partidas.
Hay quienes dicen que son y no son. Y hay quienes, al llegar al poder, demuestran que no sabían qué iban a hacer. En esa segunda categoría ubicó a Milei, que a su juicio no supo qué hacer y compró una solución llave en mano, con paquete y nombre propio: Luis Caputo. Contra eso, Federico opuso una convicción: tener una arquitectura funcional, un plan. Y un plan, subrayó, no es un eslogan. Quemar el Banco Central o dolarizar eran títulos, no programas. Y remató devolviéndole el guante a Hernández: a diferencia de aquellos cantores, él no llegó a la pulpería a pedir prestada la guitarra ni a tararear canciones ajenas. «Yo sé que tengo un proyecto auténtico. Me pienso como alguien que vino con letra y música propias. Si no, no estaría acá».
El padre interno
Entonces Gustavo lo miró a los ojos y preguntó lo que nadie pregunta: ¿querés ser presidente porque la Argentina te necesita o porque querés demostrar algo? El candidato acusó el golpe. «Me tocaste existencialmente», dijo. Y respondió con una franqueza que quien escribe estas líneas, viéndolo desde afuera, no esperaba: las dos cosas. Todos tenemos luces y sombras, altruismos y egoísmos, y a veces querer hacer el bien es una forma sutil de narcisismo.
Lo del dolor es en serio. Contó que hace muchos años, un Día de la Bandera, escribió que no podía imaginar que existiera el cielo si no era argentino, si no hablaban su idioma, si no estaba su gente. Eso, dijo, es amor puro.
¿Y a quién quiere demostrarle algo? A su viejo. Murió hace muchos años, pero el padre interno siempre está ahí, mirando. Quiere mostrarle que podía. Y quiere mostrarles a millones de argentinos que se puede vivir mejor. Ahí asomó el narcisismo confeso, y lo hizo de la mano de Antonio Porchia, el poeta de Voces, que escribió que se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo. Federico González quisiera ser recordado así: este tipo se metió en serio, tenía buenas intenciones, le salió bien y ahora vivimos un poquito mejor.
Hay algo conmovedor en ver a un hombre de casi setenta años confesar en un estudio de streaming que todavía le habla a su padre. Pero la imagen, bien mirada, revela otra cosa. La aprobación que busca no es un veto previo ni un permiso que alguien tenga que concederle: es una consecuencia final. Mostrarle a su padre que podía es mostrarle que entendió la lección, que asumió plenamente la función paterna. Porque cuando uno llega a ser padre, ya no pide permiso. Crea, decide, hace, y responde por lo que hizo. Y Fede se interroga, con razón: ¿qué mejor homenaje podría hacerle un hijo a su padre?
¿Dudas? Ninguna. Momentos difíciles, muchos. Pero las dificultades, dijo, lo envalentonaron. Es un camino de ida.
Orfebre de detalles
La última pregunta fue sobre los jóvenes y las redes. Fede recordó que tiene mil alumnos por año, con una edad promedio de veintiún años, y que estudian psicología, que no son los más mansos. Contó que la campaña en TikTok trabaja con un sistema que detecta en tiempo real de qué hablan los jóvenes, y que sobre esa detección se monta el trabajo humano de hacer coincidir sus necesidades con la propuesta.
Conviene despejar un malentendido posible, y Fede es plenamente consciente de él: no se trata de manipulación algorítmica, de esas que empujan al usuario hacia donde conviene al que maneja el algoritmo. Se trata, más bien, de una ingeniería socrática. Sócrates, hijo de una partera, decía que su método, la mayéutica, consistía en ayudar al otro a dar a luz las ideas que ya llevaba adentro. Aquí el principio es el mismo: escuchar primero, para que los jóvenes puedan espejar sus deseos en una propuesta que, a su vez, los espeje a ellos.
El éxito, dijo, es una alquimia de pequeños detalles, y se definió como un orfebre de los detalles. Citó a Edison: uno por ciento de inspiración, noventa y nueve de transpiración. Y confesó que, en el intento de llegarles, está entendiendo a los jóvenes mucho más de lo que los hubiera entendido sin esa tarea.
Argentinos, a las cosas
Al final, Gustavo lo despidió diciendo que había salido con la bandera en alto. Federico devolvió la gentileza con una metáfora de boxeador: le agradeció haber sido el sparring que lo obligó a pensar en tiempo real. Y cerró con un saludo a todos los argentinos, jóvenes y mayores, mujeres, hombres y niños, y una idea que no pertenece a ningún partido: hay que recuperar la hermandad, dejar de pelearse y poner la energía en el hacer. Lo dijo con las palabras que Ortega y Gasset pronunció en La Plata en 1939, cuando nos reprochó que vivíamos a la defensiva, distraídos de lo esencial: «¡Argentinos, a las cosas!».
Cambio de gramática
Quien escribe estas líneas apagó la pantalla y se quedó un rato en silencio. Ese hombre del video tiene defectos que conozco de memoria. Habla largo, sucumbe a la tentación de irse por las ramas para disfrutar del camino y regresar potenciado, cita de más. Pero hay algo que no puedo reprocharle. No sé si va a llegar. Nadie lo sabe. Sé, en cambio, que Federico González se dio de baja de un club. El de los que miran pasar la vida desde la vereda y, de noche, cuando el silencio afila los cuchillos, se preguntan qué habría pasado si.
Quizás la Argentina entera haya sido, durante demasiado tiempo, socia vitalicia de ese club. Si hubiéramos sostenido a Frondizi. Si hubiéramos apostado por la ciencia cuando teníamos a Houssay. Si hubiéramos enseñado a nuestros chicos a crear en lugar de esperar. Repárese en la gramática. El «si yo hubiera» se conjuga en pluscuamperfecto del subjuntivo, el tiempo verbal de lo que pudo ser y no fue: mira hacia atrás y no puede cambiar nada. Su única cosecha es la nostalgia. Hay otro tiempo, más modesto y más valiente, que no se lamenta sino que se compromete: el futuro del indicativo. Haremos. Construiremos. Daremos la batalla.
Tal vez sea hora de cambiar de gramática. De darnos de baja del club de los «si yo hubiera» y darnos de alta en otro, que todavía no tiene sede ni estatuto pero ya tiene socios: el club de los que todavía vamos a dar la batalla. La cuota de ingreso es una sola, y Rimoldi la fijó hace muchos años: si usted tiene algo que decir, vaya y dígalo. La puerta está abierta. Y el nombre del club cabe en una sola palabra, la más obstinada y la más argentina de todas: todavía.
Acaso ahora comprenda algo que antes no veía. Que Federico, por fin, encontró el club que sin saberlo buscó toda su vida: el de los hacedores. Los que ya no piden permiso. Los que se mueven en pos de lo casi imposible, sin más reglamento que la voluntad ni más combustible que la pasión de hacer.
