Estudiantes le ganó a Central Córdoba y se metió en las semifinales del Torneo Clausura
Jugar un partido tan caliente no era fácil. Ganarlo, menos. Ni por los casi cuarenta de térmica en el campo de juego del Madre de Ciudades, ni mucho menos por todos los conflictos satelitales que hicieron que el Central Córdoba (SE) versus Estudiantes se ganara un buen lugar en las mediciones de Ibope. Por eso Eduardo Domínguez le metió un puñito con bises al triunfo. Desahogo medido en un partido en el que cada intérprete, entendiéndose en foco, calibró movimientos con el aplomo de quien sabe que está en foco.
Por eso el abrazo colectivo de Estudiantes. Por la tensión de arrastre después de tantos días de tensión. Del fallo de AFA contra los jugadores y Sebastián Verón tras el pasillogate de la discordia. Por los dardos cruzados entre La Plata y Viamonte (y Santiago: desde allí también se pronunció Pablo Toviggino) que le fueron subiendo la tensión a la guerra declarada que inevitablemente impactó en el desarrollo del partido.
Porque cada movimiento, cada acción, cada respiración, pareció calibrada para evitar errores que propiciaran errores. Sabiduría del autocontrol preventivo: un desajuste podía terminar en gol rival o en un fallo de Yael Falcón Pérez potencialmente sobreinterpretable, incluso si era correcto. Por eso, hasta para el réferi fue difícil todo ese embrollo de jugar en Santiago -y si bien de algunas jugadas se desentendió, la actuación fue aprobada.
Y lo de Estudiantes también cumplió. No falló atrás -el repliegue fue perfecto para evitar que se proyectaran Perelló o Zalazar- y se impuso en el corazón de la cancha a través de la facilidad de Santiago Ascacibar para el quite, de Ezequiel Piovi para distribuir y complementarse con el capitán y de Cristian Medina para generar. Quizás con el aprendizaje de la derrota 0-2 de agosto, Domínguez fortaleció ese bloque y no le permitió a Central Córdoba atacar espacios. Y así lo neutralizó, lo apartó de su libreto. Lo apagó, incluso cuando tuvo jugadas aisladas peligrosas como un desborde de Matías Perelló o un remate de media distancia de Varaldo que se estrelló en el travesaño.
Dentro de ese contexto de arquitectura casi perfecta se comprende la obra de arte del 1-0: una salida prolija, un pelotazo largo de Santiago Arzamendia, una disputa lícita que Medina le ganó a Abascia para habilitar a Cetré, una diagonal por dentro del colombiano para centrar y una definición exquisita de Tiago Palacios. Una versión con mayor potencia de una combinación que se había dado en el primer tiempo (desborde de Farías, remate de bajas calorías del #10) y un premio a todo lo que ya se había intentado aunque con menor tensión con los desbordes y remates de Edwuin (el mejor lo descolgó Aguerre).
Estudiantes lo ganó así. Con la rebeldía de intentar aquello que durante la fase final del año no le había salido, a punto tal de entrar a los playoff por una combinación de resultados de último día de fixture. Y también con el temperamento un encuentro después de quedar en medio de un fuego cruzado ajeno a los devenires de la pelota. Cruces que continuarán y un morbo que aumentará si el rival es Barracas o Gimnasia. Y al que también derrotó.
