Alberto Olmedo a 31 años de su muerte: El Capitán de la merienda.

Las tardes de fútbol en potrero de barrio en los albores de los sesenta solían terminar abruptamente por el grito de la vieja que llamaba  a tomar la leche.

La merienda era una religiosa costumbre impuesta por padres, que a la vez la recibieron como legado de sus padres y abuelos y  a la cual se sumaban cómplices los chicos de entonces,  por un pacto silencioso hecho con la tele y con un capitán.

El capitán en cuestión era Piluso, fue el mejor amigo de los que eran niños y los que no tanto, su ropa de marinero a rayas muy desaliñada, su gomera en el cuello, el “que de que” que usaba hasta el cansancio su compañero de andanzas Coquito, se convirtió en motivo de cuanta sonrisa era posible la hora en la cual, el pan con manteca mandaba como un respetado rey.

Alberto Olmedo era ese capitán de ficción de un barco lleno de alegría,  nacido en un mundo de encanto llamado Pichincha, llego desde muy chico a Buenos Aires para quedársela.

Lo suyo fue el humor, nunca tuvo que hacer ningún esfuerzo para hacer reír a los demás, llevaba un ángel especial en su equipaje que lo hacia distinto e incomparable.

En imágenes en blanco y negro se puede tener la suerte de recordar la desopilancias que provocaba Rucucu y el Yeneral Gonzales, un militar que con el tiempo cedería su grado a un dictador de un país bananero.

No toca Botón fue quizás el programa que confirmo su grandeza, los personajes de Lucy y el nene fueron un éxito, luego puso en escena a un amigo de la infancia Chiquito Reyes para someterlo a un sin fin de locuras, en ese instante empieza hacer público su perfil de hincha de Rosario Central.

Un Gorro, una bandera, un banderín eran las excusas para mostrar su corazón canalla en épocas en donde Central se había quedado con el Nacional 80 con un equipo dirigido por el eterno  Zof y con una riqueza de nombres tales como Carnevali, Ghielmetti, Craiyacich, Bauza, Jorge García, Palma, Gaitan, Bacas y Marchetti, Orte y Teglia. Le gano ese titulo a un sorprendente Racing de Córdoba en un par de peleados partidos finales.

Compartió, y fue envidia de todos los hombres claro, escenarios con Moria Casan y Susana Gimenez, Fue el manosanta que se encargaba de descargar a Adriana Broskhy, cuando la actriz estaba en edad de ser descargada, trabajo con Susana Traverso y Susana Romero, diosas del momento que robaban suspiros, fue también el obediente mucamo Perkins y sé las jugo en diálogos profundos, locuaces y risueños de sofá junto a  Javier Portales llevando adelante los personajes de  Álvarez y Borges.

Un 5 de marzo del 88, hace 31 años ya,  la fatalidad nos robo arteramente  la sonrisa, a pesar del dolor de su pérdida,  su imagen sigue siendo un orgulloso estandarte para los rosarinos, ciudad que amo y que tuvo presente siempre a pesar de la distancia.

El negro se llevo con el,  desde ese fatídico día,  su magia y el secreto para hacer reír, ya nada fue igual desde su partida, en el espacio que dejo, a pesar del esfuerzo en vano de muchos en todos estos años, aun cuelga el cartel de vacante.

Nos abruma el progreso, el olvido, el tiempo pasado, en fin, nos quedamos sin potreros, sin el grito de mama, se nos fueron para siempre aquellas tardes de barrio, pero aprendimos la lección que nos dejo la vida; la razón por la cual varias generaciones atendieron al llamado de la vieja fue solo porque a la hora de la merienda sabíamos que había un compromiso  impostergable con la tele y  con un capitán…

Sergio Alcázar

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